El Estadio Nacional es la casa del fútbol o de los conciertos musicales

En el Perú, el deporte siempre termina en la banca. El Estadio Nacional, símbolo que debería representar al fútbol y al deporte en general, se ha convertido en el escenario favorito de las productoras musicales. Mientras la selección nacional espera turno para entrenar y los clubes compiten con cantantes por fechas disponibles, el IPD se jacta de ingresos que desaparecen en la misma proporción que se destruye el césped. Lo grotesco: reparar el gras natural cuesta casi lo mismo que el alquiler del estadio. Es como alquilar tu casa para una fiesta, cobrar barato y luego pagar tú mismo la reparación de los destrozos.

La llamada “remodelación histórica” del Nacional —ampliarlo a 50 mil asientos, césped de lujo, luces de última generación— no es un proyecto deportivo, es una operación de maquillaje. Un estadio con tecnología de punta que, paradójicamente, está más disponible para conciertos y espectáculos religiosos que para el deporte que supuestamente justifica su existencia. No es casualidad: la caja de las productoras vale más que los goles de la selección.

Mientras en Lima se planifica un estadio cinco estrellas para fotos presidenciales y titulares internacionales, en el interior del país más de 480 escenarios deportivos se caen a pedazos. Coliseos que parecen hornos sin ventilación, canchas de tierra disfrazadas de estadios, piscinas secas que solo sirven de basureros, y atletas que entrenan esquivando huecos y perros callejeros. Esa es la verdadera cara del deporte peruano, la que nunca aparece en cadena nacional ni en discursos oficiales.

Lo indignante es que el Estado financia esta remodelación cuando la Conmebol, que factura millones de dólares con Libertadores y Eliminatorias, debería cubrir esos costos. ¿Por qué el Perú paga con dinero público un estadio que sirve más al espectáculo internacional que a los deportistas locales? La respuesta es simple: porque aquí el deporte se maneja como marketing político, no como política pública. La reinauguración del Nacional es más útil para las fotos de Dina Boluarte y los aplausos de la tribuna que para los niños de Puno, Cusco, Ayacucho o Madre de Dios que entrenan en condiciones indignas.

La radiografía es brutal: un país que gasta millones en pintar el arbusto más visible mientras deja morir el bosque entero. No hay centros de alto rendimiento en regiones, no hay planificación de infraestructura para federaciones, no hay descentralización. Lo que sí hay es cálculo político y complacencia con el negocio de los conciertos.

El Estadio Nacional ya no es la casa del fútbol peruano, es el escenario de lujo de las productoras. La remodelación es un disfraz que oculta la precariedad del sistema deportivo y refuerza el centralismo. El deporte peruano no necesita más butacas en Lima: necesita infraestructura en todo el país.

Reflexión final
Si Dina Boluarte, Morgan Quero y Federico Tong quieren ser recordados, que no sea por la reinauguración del Estadio Nacional con alfombra nueva y luces brillantes, sino por rescatar los 480 escenarios deportivos olvidados, por dar condiciones reales a los atletas de todas las disciplinas y regiones. De lo contrario, la historia será la misma: un estadio de lujo para conciertos millonarios, y un país donde el deporte sigue condenado a entrenar en ruinas. Porque en el Perú, el Nacional tiene más giras musicales que goles de la selección.

Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra

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