En el Perú, las cifras hablan con una frialdad que duele: solo 27 oncólogos pediatras para más de 1,800 nuevos casos de cáncer infantil cada año. En cualquier democracia que se precie de seria, este dato bastaría para declarar la salud pública en emergencia. Pero en el nuestro, lo que realmente merece prioridad son los aviones de guerra, los autos de lujo para generales, los viajes presidenciales con comitivas numerosas y el rescate financiero de empresas en quiebra como Petroperú. La salud, en cambio, queda relegada a discursos huecos y promesas postergadas.
La realidad no necesita adornos: un niño con cáncer en el Perú enfrenta dos batallas simultáneas, una contra la enfermedad y otra contra un sistema de salud que se ha convertido en un obstáculo. El caso de Abel, el pequeño de Ayacucho diagnosticado con leucemia tras peregrinar por puestos de salud y hospitales regionales hasta llegar al INEN en Lima, ilustra con crudeza lo que viven cientos de familias. La geografía se convierte en sentencia: nacer fuera de Lima es, en muchos casos, perder la carrera contra el tiempo.
Según la Organización Panamericana de la Salud, el Perú necesita al menos 128 oncólogos pediatras para atender de manera adecuada a su población infantil. Tenemos apenas 27. La mayoría está en Lima; en regiones, los institutos especializados funcionan como cascarones: estructuras con buenas intenciones, pero sin infraestructura ni especialistas suficientes. En el norte, el IREN de Trujillo admite que no puede aplicar quimioterapia a pacientes pediátricos porque sus ambientes no cumplen las condiciones mínimas de esterilidad. En el sur, la situación no es distinta. Y mientras tanto, los niños son derivados al INEN, que ya no da abasto.
La política, sin embargo, avanza a otro ritmo. El Estado destina millones a la compra de aviones militares cuando no hay guerra que pelear, autos de alta gama para generales que rara vez pisan las calles inseguras, y viajes presidenciales que parecen desfiles turísticos más que misiones de Estado. ¿El cáncer infantil? Ese puede esperar. Las citas para resonancias se entregan como si fueran boletos de lotería: para dentro de dos, tres o más meses. Y en ese intervalo, muchas veces, la enfermedad ya avanzó demasiado.
El sarcasmo se impone por sí mismo: el país tiene más generales estrenando camionetas 4×4 que oncólogos pediatras atendiendo a niños enfermos. Las prioridades del Estado están tan distorsionadas que parecen una caricatura. Si la salud infantil recibiera aunque sea una fracción de la atención presupuestal que reciben los lujos militares, el Perú podría ser un ejemplo en la región. Pero aquí, lo urgente nunca es lo importante.
La escasez de oncólogos pediatras no es un accidente, es la consecuencia de un Estado que nunca entendió que la salud no es un gasto, sino una inversión. El resultado es un sistema colapsado, familias empobrecidas por la enfermedad y pacientes que mueren no porque la medicina haya fracasado, sino porque el Estado decidió mirar hacia otro lado. La indiferencia oficial se traduce en vidas perdidas.
Reflexión final
La verdadera radiografía del país no se mide en encuestas de aprobación presidencial ni en la retórica triunfalista de los discursos oficiales. Está en los pasillos abarrotados del INEN, donde niños esperan tratamientos que no llegan a tiempo. Está en los bolsillos vacíos de padres que gastan 800 soles al mes solo en traslados para acompañar a sus hijos. Está en la impotencia de médicos que hacen lo que pueden con lo que tienen, mientras el presupuesto se evapora en prioridades militares y caprichos políticos.
En el Perú, la infancia enferma no compite contra el cáncer, compite contra la indiferencia. Y hoy, esa indiferencia tiene nombre, tiene rostro y tiene decisiones concretas: gastar en lujo y olvido, en lugar de en vida y esperanza. El país, así, termina condenado a una paradoja atroz: blindamos aviones, pero no protegemos a nuestros niños.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
