El Mundial 2030 fue presentado como la gran fiesta del centenario, el regreso a Montevideo para rendir homenaje a aquel histórico 1930. Pero bajo la sonrisa de Gianni Infantino y Alejandro Domínguez, lo que se vendió como celebración romántica se convirtió en un negocio inflado, itinerante y sin alma. Se jugará en seis países, en tres continentes: España, Portugal y Marruecos (donde estará la mayoría de partidos) y, de manera simbólica, Uruguay, Argentina y Paraguay. Más de 100 partidos, 64 selecciones y un calendario que promete récords financieros… pero también el entierro del espíritu competitivo.
Sudamérica solía tener las Eliminatorias más duras del planeta. Cada punto era una guerra y clasificarse al Mundial era un privilegio. Hoy, con Argentina, Uruguay y Paraguay clasificados de regalo por ser sedes, y con 6 cupos y medio disponibles para solo 7 selecciones, el camino se volvió tan fácil que hasta equipos sin rumbo tienen medio boleto asegurado. Brasil, Colombia y Ecuador irán sin problema; Bolivia, Chile y Perú, incluso con crisis deportivas eternas, tendrán más probabilidades de entrar que de quedarse fuera. La épica se perdió: lo que antes era batalla, ahora es trámite administrativo.
Infantino y Domínguez disfrazan este cambio bajo la palabra mágica: “globalización”. Pero lo que en realidad significa es multiplicar mercados y contratos. Más selecciones son más derechos de TV, más camisetas que vender, más sponsors que comprarán su lugar en un Mundial convertido en una feria global. Uruguay recibirá un par de partidos para la foto, Argentina y Paraguay saldrán en las portadas, y el resto se mudará a Europa y África, donde está la billetera. El homenaje histórico se convirtió en un detalle de protocolo; la verdadera sede del Mundial es el mercado.
El nuevo formato de 64 selecciones será una máquina de recaudar: más partidos, más entradas, más anuncios. Pero también será una trituradora de calidad: goleadas predecibles, partidos irrelevantes y jugadores exprimidos en un calendario imposible. El fútbol deja de ser deporte de élite para convertirse en un festival de logística y contratos. Lo que se vendía como celebración de la historia es, en realidad, el acta de defunción del espíritu competitivo.
El Mundial 2030 no será recordado como la fiesta del centenario, sino como la consagración del negocio sobre el fútbol. Clasificar ya no será un mérito, sino casi un derecho automático. Y lo que se vendía como homenaje a Uruguay 1930 se diluirá entre partidos en España, Portugal y Marruecos, donde de verdad se jugará el torneo. Infantino y Domínguez no organizaron un Mundial: armaron un tour corporativo con escala simbólica en Sudamérica.
Reflexión final
En el fútbol, como en la vida, no todo lo que crece es mejor. Inflar demasiado un globo solo asegura que explote. El Mundial 2030 será más largo, más caro y más mediático que nunca, pero también más vacío. La FIFA y la Conmebol hipotecaron la historia por millones. Y cuando el marketing se apague y los fuegos artificiales se consuman, quedará la pregunta que nadie quiere responder: ¿dónde quedó el fútbol?
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
