El flamante “nuevo” Aeropuerto Internacional Jorge Chávez sigue siendo más un hangar que un terminal aéreo digno de un país que presume modernidad. Según Ositran, los tiempos de espera en Migraciones alcanzaron hasta 57 minutos, muy por encima de los 10 minutos recomendados por la IATA. A eso se suman retrasos en el recojo de equipaje y fallas estructurales que convierten la experiencia de viajar en un verdadero suplicio. Se suponía que este aeropuerto iba a ser “el mejor de la región”, pero lo que tenemos es un galpón disfrazado de megaproyecto, lleno de fallas desde su primer mes de operación.
El aeropuerto, que debía ser nuestra carta de presentación al mundo, terminó convertido en una sala de espera interminable. En Migraciones, los pasajeros pueden pasar casi una hora en cola, como si se tratara de una penitencia para entrar o salir del país. Y eso que se trata de los primeros meses de operación: ¿qué pasará en temporadas altas, cuando Lima reciba miles de turistas adicionales? La promesa de eficiencia quedó en el papel, mientras en la práctica el terminal funciona como un embudo burocrático.
El recojo de equipaje tampoco se salva. Según los reportes, la primera maleta apareció en la faja transportadora 8 minutos después del primer pasajero. Parece un detalle menor, pero en un aeropuerto internacional esos tiempos deberían ser simultáneos. Para la IATA, la espera ideal es de 0 minutos: lo que llega con el viajero debe estar listo cuando pisa la sala. Pero en el Jorge Chávez, hasta las maletas parecen atrapadas en Migraciones.
El colmo es que todo esto ocurre en el “nuevo” terminal, construido tras años de retrasos, sobrecostos y discursos políticos que lo presentaban como la joya de la infraestructura nacional. Nos dijeron que el aeropuerto iba a competir con los mejores del continente; hoy compite con hangares improvisados. Las salas parecen más galpones que espacios de categoría internacional, y los servicios básicos acumulan quejas desde el día uno.
No es un tema menor. Un aeropuerto es la primera y última impresión que un país ofrece a los visitantes. Es el espacio donde se define si somos un destino serio o una aventura precaria. Sin embargo, lo que recibe el viajero en Lima es un terminal donde los estándares internacionales son ignorados, las demoras son norma y la modernidad es solo un discurso de inauguración.
Lo más irónico es que todo esto ocurre bajo un contrato de concesión que supuestamente debía garantizar niveles de servicio óptimos. El regulador ya identificó fallas desde junio, pero las autoridades parecen más preocupadas en cortar cintas y posar para la foto que en garantizar estándares. Mientras tanto, el ciudadano paga tasas aeroportuarias internacionales por un servicio que apenas califica como regional, y eso siendo generosos.
El Nuevo Jorge Chávez no es el aeropuerto que nos vendieron: es un hangar con pantallas de vuelo y colas interminables. Lejos de ser la “puerta de entrada de Sudamérica”, parece más una advertencia de lo que somos: un país que celebra renders en 3D, pero fracasa cuando llega el momento de operar. El contraste es brutal: nos prometieron un aeropuerto modelo y nos entregaron un terminal que incumple hasta los tiempos más básicos.
Reflexión final
En el Perú del 2025, seguimos vendiendo sueños en planos y maquetas, pero entregando realidades mediocres. El Nuevo Jorge Chávez debería ser un símbolo de progreso, pero se ha convertido en la confirmación de que aquí se inaugura primero y se corrige después, cuando los usuarios ya padecen la ineficiencia. La ironía es amarga: mientras en el papel seguimos soñando con “el mejor aeropuerto de la región”, en la práctica tenemos un hangar con cola en Migraciones. Y lo peor es que ya nadie se sorprende.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
