El voto blanco, nulo y viciado serían los ganadores de las Elecciones  

A menos de nueve meses de las Elecciones Generales de 2026, el Perú enfrenta un escenario insólito: el gran favorito en las encuestas no es un político ni un outsider carismático, sino el voto en blanco, nulo o viciado. Según el último sondeo de Ipsos, publicado en Cuarto Poder, el 38 % de los electores se inclina por rechazar a todos los candidatos actuales, cifra que supera con holgura las preferencias de quienes encabezan la carrera presidencial, como Rafael López Aliaga (11 %) o Keiko Fujimori (7 %)【Ipsos, Cuarto Poder, agosto 2025】. La cifra es demoledora: en la democracia peruana, la desconfianza se ha convertido en la opción política más representativa.

El dato no es un accidente. Es la consecuencia de una crisis prolongada en la que los partidos políticos dejaron de ser alternativas y pasaron a ser símbolos de desencanto. La proliferación de organizaciones inscritas —43 en total, según la ONPE— no ha significado diversidad, sino fragmentación y oportunismo. Las elecciones de 2026, calificadas por el propio organismo electoral como “las más complejas de la historia” con un presupuesto de 864 millones de soles, parecen destinadas a elegir autoridades con niveles mínimos de legitimidad, mientras que la mayoría ciudadana se refugia en la abstención activa: el voto nulo o en blanco.

Pero la encuesta de Ipsos no mide solo apatía electoral. También refleja el miedo social que condiciona la política. El 10 % de peruanos declara haber sido víctima directa de extorsión y un 30 % conoce un caso cercano, especialmente en Lima, donde la cifra alcanza el 41 %【Ipsos, agosto 2025】. En otras palabras, la inseguridad ciudadana se ha convertido en un plebiscito silencioso: la gente no confía en la política porque percibe que el verdadero poder lo ejercen las mafias.

El mensaje de los electores es doble y contundente: primero, que la clase política carece de legitimidad; segundo, que el Estado ha perdido el control de la seguridad. Cuando el crimen organizado dicta las reglas en barrios, mercados y empresas, y cuando la política se limita a sobrevivir hasta 2026, no sorprende que el ciudadano opte por castigar a todo el sistema con un voto de protesta.

El riesgo, sin embargo, es evidente. Una democracia donde el voto nulo encabeza las encuestas es una democracia en estado de coma. No se trata solo de desafección política, sino de la incapacidad de ofrecer liderazgo y confianza. El resultado podría ser un Congreso fragmentado, un Ejecutivo débil y, lo que es peor, un país sin dirección, atrapado entre la corrupción y la criminalidad.

La encuesta de Ipsos funciona como un termómetro implacable: el mayor respaldo electoral es al vacío. Ningún candidato logra despertar entusiasmo, mientras que el voto en blanco y viciado se consolida como la opción mayoritaria. El problema no es aritmético, es ético y político: la política peruana ha dejado de ser creíble.

Reflexión final
El 12 de abril de 2026 no solo se elegirá un presidente y un Congreso, se pondrá a prueba si la democracia peruana es capaz de sobrevivir al divorcio con la ciudadanía. Hoy, el candidato más fuerte es el rechazo. Y si la política no reacciona con propuestas reales, lo que se avecina no será una elección, sino un plebiscito contra todo el sistema. El voto nulo puede ser legítimo como protesta, pero si se convierte en el verdadero ganador, el mensaje al mundo será devastador: el Perú eligió el vacío antes que confiar en su clase política.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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