Sudamérica se prepara para un Mundial 2030 histórico: seis países anfitriones, tres continentes y, en nuestro lado del mapa, Argentina, Uruguay y Paraguay clasificados de oficio. Eso significa que, en teoría, las Eliminatorias se jugarían solo con siete selecciones peleando por cinco cupos. Una ganga, un regalo, casi un Mundial con invitación abierta. Pero seamos serios: aun con esa alfombra roja, el Perú quedará fuera. Porque no se trata de sumar cupos ni restar rivales; se trata de tener jugadores, un proyecto y una visión. Y nada de eso existe.
Los números del 2026 no son opinión: son sentencia. Cero goles de visitante en nueve partidos, 12 puntos en 17 fechas, tres entrenadores que desfilaron para naufragar por igual. Y, lo más grotesco, una hinchada convencida de que “estos muchachos madurarán” para el próximo proceso. ¿En serio? Como si los demás se quedaran congelados esperando nuestro progreso. Esa es la mentira más rentable del fútbol peruano: creer que el tiempo cura la mediocridad.
La realidad es más dura: nuestros futbolistas no maduran, involucionan. Juegan en la Liga1, un torneo de nivel subterráneo que no exige, no forma y no compite. Ahí se oxidan, mientras sus pares de otros países se foguean en la Premier League, la Serie A o la Libertadores. La brecha no se achica: se agranda. Pretender que con la misma materia prima llegaremos al 2030 es un insulto a la inteligencia.
Podría venir Guardiola, Klopp o Ancelotti a dirigir a la selección y daría lo mismo. Porque no hay material humano de calidad. Lo único que se podría intentar como parche inmediato es repatriar a los diez jóvenes con raíces peruanas que juegan en clubes del extranjero. Pero eso no es una solución estructural, apenas un salvavidas en medio de un océano de desidia.
Mientras tanto, CONMEBOL discute cuántos cupos tendrá Sudamérica. Nosotros, en cambio, discutimos cuántos milagros necesitamos para sumar puntos. Esa es la diferencia. Ellos planifican, nosotros rezamos. Y cuando llega el momento de la verdad, el fracaso nos golpea con la misma fuerza de siempre.
El Mundial 2030 puede inflar las plazas, reducir rivales y hasta regalarnos fixture favorable. Nada de eso servirá si seguimos sin jugadores de nivel, sin estructura y sin un plan serio. La verdad incómoda es que esta generación no clasifica ni por descarte. Y seguir diciendo que “madurarán” para el próximo proceso es engañarnos otra vez. El Perú no tiene equipo para el 2030. Si no empezamos a trabajar desde hoy, apenas podremos aspirar al 2034, y eso con suerte.
Reflexión final
Ya basta de vender humo. El discurso de la maduración es un consuelo tonto, un placebo para anestesiar el fracaso. Nuestros jugadores no madurarán, se oxidarán en la Liga1, mientras los demás crecerán y competirán más fuerte. La única salida es el Primer Plan Integral del Fútbol Peruano 2050, un proyecto de Estado, no de dirigentes improvisados. Sin eso, no habrá Mundial, ni con siete equipos, ni con diez cupos.
El Perú ya tocó fondo. Lo único peor sería seguir cavando con la calculadora en una mano y el rosario en la otra.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
