¿Perú exportador o importador de futbolistas?: Caso Andrealli

Francesco Andrealli se emocionó hasta las lágrimas al vestir la camiseta peruana. Y con razón: representar la patria de su madre es un honor legítimo, un sentimiento auténtico. Nadie pone en duda su entrega. El problema no es Andrealli. El problema es lo que él representa: la confesión de que el fútbol peruano dejó de producir talento propio y hoy se resigna a buscar herederos de sangre peruana en el extranjero, como quien hurga en archivos familiares para completar un álbum incompleto.

Detrás del gesto noble de un joven ítalo-peruano se esconde una verdad incómoda: nuestro sistema deportivo nacional de fútbol ha convertido la formación de jugadores en una expedición genealógica global. Y lo peor es que nos quieren vender este parche como “plan de futuro”.

Seamos claros: no es un proyecto deportivo, es una coartada. En vez de academias estructuradas, divisiones menores sólidas o inversión en infraestructura, preferimos enviar “scouts” a Europa, Asia o Australia a la caza de muchachos con abuelos o bisabuelos peruanos. Es más fácil llenar planillas con pasaportes que levantar un plan maestro que piense en 2050.

Andrealli, formado en Italia y pulido en un sistema competitivo que aquí no tenemos, responde con orgullo a la convocatoria. Pero ¿qué dice eso de nosotros? Que somos incapaces de producir nuestro propio Andrealli en los barrios, en los colegios o en las canchas de tierra del país. Que preferimos vivir de apellidos y herencias, no de trabajo ni planificación.

El discurso oficial, además, raya en la autocelebración absurda: nos dicen que esta es “la renovación”, que hemos encontrado “el camino”. En realidad, es el mismo atajo de siempre: buscar afuera lo que no construimos adentro. Hoy celebramos al ítalo-peruano; mañana celebraremos al nipo-peruano, al australiano con raíces en Andahuaylas o al canadiense con abuelos en Piura. A este paso, el sitema fútbol no necesitará entrenadores, sino genealogistas especializados.

El problema es estructural: sin ligas competitivas, sin divisiones menores organizadas, sin un plan nacional con metas medibles, traer jugadores de la diáspora es solo maquillaje. Alemania, España, Francia o incluso Ecuador entendieron que el éxito nace de proyectos nacionales, no de milagros individuales. Mientras ellos producen generaciones completas, nosotros seguimos importando recuerdos de familia.

Andrealli emociona, pero también incomoda. Su camiseta sudada es símbolo de gratitud y, al mismo tiempo, prueba del vacío. Él no tiene la culpa: la responsabilidad es de una dirigencia que nunca se atrevió a escribir en blanco y negro el primer Plan Integral de Desarrollo del Fútbol Peruano. Siempre hemos tenido “proyectos aislados”, siempre con “buena voluntad”, nunca con visión. Y así, nuestra historia no es de construcción, sino de improvisación.

Reflexión final
Los peruanos festejamos como logro lo que en realidad es una confesión de derrota: no producimos futbolistas propios y tenemos que importar descendientes. Celebramos lo prestado porque no sabemos sembrar lo nuestro. El futuro del fútbol peruano no se juega en las canchas, sino en las notarías que certifican apellidos. Y así, el país que respira fútbol en cada esquina seguirá viviendo de milagros individuales mientras el sistema se hunde.

Porque la verdad, aunque duela, es cruda: sin planificación, sin un Plan Maestro 2050 y sin profesionales de primer nivel, el futuro de nuestra selección no se escribe con goles… se escribe con genealogías.

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