El Perú vuelve a dar la nota. No por sus goles, no por su fútbol, no por su selección. La noticia es más cruel y sarcástica: la Blanquirroja estuvo eliminada antes de empezar las eliminatorias sudamericanas. Y como si hiciera falta confirmarlo, acaba de jugar su último partido y terminó compartiendo sótano con Chile. Dos vecinos ilustres… del fracaso. Pero tranquilos: no todo es tristeza. Porque mientras once jugadores arrastran la camiseta, un pan con chicharrón, humilde y crocante, levanta la copa y grita campeón mundial. Ironía total: la gloria está en la sartén, no en la cancha.
El pan con chicharrón tiene lo que la selección ni sueña: estructura, contundencia y resultados. Pan firme en defensa, camote que da equilibrio, chicharrón que define sin pestañear y salsa criolla que armoniza el conjunto. Es un verdadero equipo en cada mordida.
La selección, en cambio, es un sánguche de pesadilla: pan viejo que se desmorona, camote frío que no aporta, carne seca que no convence y salsa inexistente. Resultado: cero sabor, cero goles, cero puntos. Si la FIFA premiara la improvisación, seríamos pentacampeones.
El chicharrón clasificó directo al Mundial de los sabores. La Blanquirroja, ni al repechaje del consuelo. El sánguche marca cada mañana en el estómago peruano. La selección lleva años sin marcar en el arco rival. El pan con chicharrón nos representa en el planeta. La Blanquirroja nos representa en la tabla… del sótano.
Lo peor es la puntualidad: antes de iniciar las eliminatorias ya sabíamos el final. Perú eliminado sin debutar. Era un secreto a voces, pero los dirigentes igual cobraron su entrada, los jugadores igual posaron en Instagram y los hinchas igual lloraron en silencio. Un déjà vu eterno: cambiamos técnicos, promesas y camisetas, pero el guion es el mismo.
Mientras tanto, en el mundo se celebra a nuestro sánguche como campeón indiscutible. Un plato simple, popular y honesto logró lo que el fútbol peruano jamás: poner al país en lo más alto. La gastronomía nos hace potencia; la selección nos hace chiste. Afuera nos respetan por el ceviche, nos aplauden por el pisco y nos premian por el chicharrón. En fútbol, apenas nos dan la palmadita condescendiente: “ánimo, vecino, ya llegará”.
Hoy la verdad es clara: el verdadero campeón no viste camiseta ni canta himno. Se sirve en pan francés, se acompaña con camote frito y se corona con salsa criolla. La única copa que levantamos se llena de chicharrón, no de goles. La Blanquirroja nos deja fuera del Mundial, el sánguche nos deja dentro del orgullo.
Reflexión final
Tal vez la solución sea sencilla: inscribir al pan con chicharrón como nuestra selección oficial. Pan de arquero —sólido y confiable—, camote de mediocampo —dulce pero cumplidor—, salsa criolla de enganche —picante y creativo— y chicharrón de delantero —contundente, imparable y sin excusas—. Porque, seamos honestos: en este país, el único que sabe meter goles y levantar títulos no se entrena en la Videna… se fríe cada mañana en la sartén.
