Casi la mitad del Perú no ha definido su voto por un candidato

A siete meses de las elecciones generales, el Perú tiene un panorama digno de tragicomedia: casi la mitad de los votantes no sabe por quién sufragar. No es que falten candidatos; sobran, más de diez aspirantes que ni siquiera llegan al 2%. Lo que falta son propuestas serias, planes coherentes y algo llamado credibilidad. El peruano vota por inercia, como quien marca un cartón de lotería, porque la política se ha convertido en una tómbola donde el premio mayor es otro lustro de frustración.

La última encuesta de Ipsos es clara: 37% votaría en blanco, viciado o simplemente por nadie; otro 10% aún no decide. En total, un 47% de la población está en la categoría de “indefinidos”. Y no es que los ciudadanos sean indecisos; son, más bien, decididos a no caer otra vez en el mismo juego.

El Congreso y el Ejecutivo llevan años entrenando al electorado en la decepción. El resultado es esta masa hastiada que ya no distingue entre voto responsable y voto castigo, porque todos los caminos llevan al mismo destino: el desgobierno.

Para colmo, el menú electoral incluye nombres repetidos, reciclados y hasta confundidos. La encuesta revela que el 71% de quienes apoyan a Mario Vizcarra cree que vota por Martín Vizcarra. Es decir, la democracia peruana se juega entre la confusión de apellidos y el olvido de los escándalos. Un expresidente inhabilitado, un hermano que hereda la sombra del apellido y un electorado que ya no diferencia entre el original y la copia: todo un sketch digno de televisión.

Mientras tanto, los 39 partidos inscritos parecen más ocupados en garantizar su cuota de poder que en ofrecer un plan real para un país hundido en inseguridad, informalidad y desigualdad. El ciudadano exige respuestas sobre empleo, salud, educación y seguridad; los candidatos, en cambio, ofrecen discursos enlatados y promesas huecas. El contraste es tan grotesco que explica por qué el voto en blanco supera la intención de voto de cualquier postulante.

El verdadero ganador, por ahora, es el desencanto. La ciudadanía ha entendido que, en el Perú, los políticos prometen reformas como quien promete dieta en Año Nuevo: con entusiasmo al inicio y con olvido al segundo día. El octavo retiro, el pisco, el turismo o la minería ilegal: todo se convierte en moneda electoral, nunca en agenda de gobierno.

Reflexión final
Las elecciones de 2026 no son un juego de mayorías, son un espejo de un país cansado de mirar siempre el mismo guion. Mientras los políticos se multiplican como hongos después de la lluvia, el votante se reduce a un espectador resignado. Y lo más irónico: el voto en blanco, tan despreciado por los partidos, podría terminar siendo el verdadero partido mayoritario. Una democracia en la que casi nadie cree, pero a la que todos estamos obligados a asistir. El Perú, otra vez, votando a ciegas en la penumbra de su propia desconfianza.

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