En riesgo los derechos humanos para el Mundial de Fútbol 2026

La FIFA insiste en repetir su gastado eslogan: “el fútbol une al mundo”. Una frase bonita para las publicidades, pero hueca cuando se confronta con la realidad. La Sport & Rights Alliance —coalición integrada por Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras organizaciones globales— lo ha dicho sin rodeos: el Mundial 2026 corre el riesgo de convertirse en un torneo que, en lugar de unir, fracture aún más a las sociedades. No será por los goles o los penales, sino por las políticas discriminatorias, represivas y excluyentes de los países anfitriones.

El espectáculo ya tiene precio, fecha y estadios, pero lo que no tiene es dignidad. La sonrisa complacida de Gianni Infantino junto a Donald Trump mientras firman acuerdos contrasta con la sombra que acecha a millones de personas que quedarán fuera de la llamada “fiesta global”. Migrantes rechazados en aeropuertos, aficionados perseguidos por su nacionalidad, periodistas acosados y comunidades LGBTI obligadas a esconderse: ese será el verdadero fixture paralelo de la Copa.

Los compromisos de derechos humanos firmados en 2018 por Estados Unidos, México y Canadá quedaron reducidos a un decorado. Estados Unidos endurece vetos migratorios y vigila con lupa las opiniones políticas de quienes buscan ingresar; México sigue siendo uno de los países más letales para el periodismo, y Canadá, pese a su imagen de país progresista, es incapaz de imponer condiciones frente al poder corporativo del negocio FIFA. La fiesta no será universal: será VIP, restringida y bajo estrictos controles, donde la pasión se convierte en mercancía y los derechos en un costo colateral.

La FIFA, fiel a su tradición, aplica su doble moral con precisión quirúrgica. Suspendió a Rusia por razones políticas, pero calla ante Israel. Rechaza toda “injerencia política”, salvo cuando los gobiernos garantizan estadios, subsidios y seguridad gratis para su millonario circo. No importa si el precio es la represión a quienes protesten, la discriminación a los migrantes o la censura a la prensa. Infantino sonríe, la caja registradora suena y los problemas se esconden debajo de la alfombra.

El negocio crece sin freno: 48 selecciones, 104 partidos, contratos publicitarios récord. Todo se multiplica: las entradas, los derechos de televisión, los patrocinios. Todo, menos lo esencial: el respeto a la dignidad de las personas. Y mientras los millones fluyen hacia Zúrich, lo que se erosiona es el espíritu del fútbol. Porque el balón rueda, sí, pero sobre un terreno minado de injusticias.

El Mundial 2026 corre el riesgo de pasar a la historia no como la Copa de la emoción, sino como la Copa de los derechos pisoteados. Un torneo que servirá para unir a corporaciones, gobiernos y federaciones en un mismo negocio, pero que dividirá a las personas según su origen, su identidad o sus ideas. No será un triunfo deportivo, sino un fracaso moral que Infantino intentará maquillar con slogans publicitarios y cifras millonarias.

Reflexión final
La Sport & Rights Alliance ya advirtió lo que la FIFA finge no escuchar: si no hay garantías, este Mundial no será un puente, será un muro. Y cuando el torneo más grande del planeta se convierte en cómplice de políticas discriminatorias, entonces el fútbol pierde mucho más que un partido: pierde su esencia. Porque sin derechos humanos, la Copa no une, divide. Sin justicia, el fútbol no emociona, avergüenza. Y mientras Infantino siga contando dólares, el verdadero marcador será lapidario: millones en ganancias, cero en humanidad.

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