En el Perú, donde la política es sinónimo de improvisación y el cortoplacismo se ha convertido en deporte nacional, aún queda una institución que se mantiene a salvo de la voracidad de los políticos: el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP). La pregunta es obvia: ¿qué pasaría si Dina Boluarte o el Congreso metieran sus manos en la caja de control monetario? La respuesta es sencilla: un colapso anunciado. No es exageración; basta con mirar lo que ocurre cuando la política decide “administrar” los recursos públicos: sobrecostos, deudas y un largo historial de fracasos.
Julio Velarde, presidente del BCRP, no necesita propaganda oficial ni conferencias grandilocuentes. Sus resultados hablan por él. En un contexto regional de inflación disparada, Perú mantuvo entre 2021 y 2024 un promedio del 3 %, mientras economías como Brasil, Colombia y hasta Chile luchaban por contener la marea inflacionaria. Velarde ha hecho que el sol peruano se mantenga firme, compitiendo con el dólar, cuando lo natural sería que terminara arrodillado ante los vaivenes externos y las torpezas internas.
Mientras tanto, los políticos hacen lo que mejor saben: contradecirse. Un día dicen “no más retiros de AFP”, y al siguiente, por presión popular, se alinean como fichas de dominó al nuevo discurso oficial. Lo técnico queda en segundo plano; lo que importa es sobrevivir un día más en la función pública. El octavo retiro de AFP es el ejemplo perfecto de cómo se destruye a pedacitos lo poco que queda de un sistema previsional. Pero claro, mientras la popularidad suba un punto, el futuro de millones de jubilados puede esperar.
Aquí está el contraste brutal: un BCRP que piensa en metas de inflación, reservas internacionales y confianza a largo plazo, frente a un Ejecutivo y un Congreso que gobiernan a golpe de improvisaciones. Velarde habla de estabilidad y disciplina; Boluarte habla de oportunidades… para subirse al carro de logros que no son suyos.
El riesgo es enorme. Porque, aunque ahora todos aplauden los resultados del BCRP, no falta el político que sueñe con convertir la institución en caja chica electoral. Ya lo vimos en otras latitudes: bancos centrales capturados por el poder político, economías devastadas y ciudadanos pagando la factura con devaluaciones y pobreza. ¿De verdad queremos ese futuro?
La independencia del BCRP no es un privilegio técnico, es la garantía de que todavía existe un espacio donde prima la racionalidad. Si esa muralla cae, el país se hundirá en la misma lógica que hoy gobierna los retiros de AFP: gastar hoy, destruir mañana. Velarde puede retirarse mañana y el aplauso será merecido; pero si se retira la autonomía, el aplauso se convertirá en lamento.
Reflexión final
La ironía es clara: mientras los políticos venden humo y promesas que duran lo que un discurso en campaña, la estabilidad de la economía peruana descansa en una institución que, hasta ahora, se resiste a ser devorada. El día que el BCRP deje de ser autónomo, no habrá discurso ni propaganda capaz de ocultar la tragedia: inflación disparada, reservas vacías y una moneda nacional convertida en papel sin valor. Tal vez entonces, los mismos políticos que hoy se cuelgan de Velarde buscarán a quién culpar… como siempre.
