El Congreso de la República ha vuelto a brillar, no por leyes útiles ni por reformas necesarias, sino por su talento innato para reinventar la forma de despilfarrar dinero público. Según un reportaje de Cuarto Poder, se destinaron más de 5,7 millones de soles en viáticos para asesores, muchos de los cuales nunca salieron de Lima o, peor aún, cumplieron su “semana de representación” desde la comodidad de un Zoom. Sí, en un país donde la educación colapsa, la salud implora oxígeno y la seguridad se derrumba, el Parlamento cree que su prioridad es inflar bolsillos de asesores con viajes imaginarios.
Entre enero de 2024 y julio de 2025, 3 759 comisionados recibieron pagos que llegaron hasta los 1 600 soles por cabeza. La cereza del pastel: algunos de estos viáticos fueron cobrados incluso cuando las actividades se hicieron en la sede del Congreso. El especialista Diego Pomareda lo resumió con precisión: “No tiene sentido otorgar viáticos a personas que trabajan en Lima”. Pero en el Congreso, el sinsentido parece ser parte del reglamento.
La historia roza lo grotesco cuando aparecen nombres propios. La congresista Lucinda Vásquez, por ejemplo, negó haber solicitado viáticos para sus asesores, aunque los documentos muestran que sí los pidió para dos de sus sobrinos. El Congreso convertido en agencia de empleos familiares, financiada con impuestos de los ciudadanos que pagan pasajes de combi para ir a trabajar.
Y si alguien cree que esto es un caso aislado, basta mirar a Rosangella Barbarán, de Fuerza Popular. Ella también consiguió viáticos para sus asesoras, aunque la mayor parte de sus actividades se hicieron en Lima. Reuniones virtuales con sabor a viaje internacional: la magia de la “semana de representación”.
Mientras tanto, algunos asesores, sin título universitario registrado en la Sunedu, ganan 7 200 soles mensuales más los viáticos. Y aún se quejan de que el dinero “a veces no alcanza”. El chiste se cuenta solo.
Lo grave no es solo el abuso puntual, sino la magnitud del gasto. El presupuesto del Congreso se ha multiplicado por siete en 25 años, pasando de 200 millones en 1999 a casi 1 400 millones en 2025. Y todavía hablan de austeridad mientras piden al ciudadano común que apriete el cinturón.
El Congreso ha logrado lo imposible: ser más impopular que Dina Boluarte, su socia de supervivencia política. Entre blindajes, escándalos y viáticos fantasmas, el Parlamento ha consolidado un récord indiscutible: ser el peor Congreso de la historia reciente del Perú.
Reflexión final
El problema no es solo el dinero, sino la obscena desconexión entre representantes y representados. Mientras el pueblo se organiza para sobrevivir a la criminalidad, los congresistas organizan viáticos para asesores que ni siquiera pisan la región que deberían representar. Si este es el “trabajo parlamentario”, quizá lo más honesto sería declarar la semana de representación como lo que realmente es: una semana de vacaciones pagadas con plata ajena.
