Generación Z: la pesadilla que desnuda la mediocridad del poder

Cuando un gobierno comienza a temerle más a sus jóvenes que a las bandas criminales que dominan las calles, algo huele a podrido en la política peruana. Dina Boluarte, en lugar de reconocer a la Generación Z como un actor legítimo y vital, decidió bautizarlos como “resentidos” e “influenciados”. Qué conveniente: demonizar al futuro mientras se abraza al Congreso más desprestigiado de la historia para sobrevivir hasta el 2026.

El fenómeno Z no es un berrinche estudiantil, es un grito colectivo contra un sistema que ya no tiene nada que ofrecer. Estos jóvenes no piden jets de guerra ni viajes diplomáticos; exigen algo más elemental: seguridad, educación, empleo digno y un país que no se derrumbe en cada titular. Y ahí radica el pánico oficial: los Z están revelando que el rey está desnudo.

Boluarte, con el mismo libreto desgastado de quienes se creen dueños del poder, acusa a los manifestantes de estar manipulados por “los que no trabajan”. Una ironía tan cruel como grotesca en un país donde el 70% de los jóvenes sobrevive en la informalidad y donde conseguir un empleo formal es casi tan difícil como ver a un político renunciar por dignidad.

Lo más grotesco es que la presidenta desconoce un derecho básico: la protesta pacífica. Está en la Constitución y en tratados internacionales, pero en su narrativa, quienes marchan son vándalos. Democracia de cartón: se predica “puertas abiertas al diálogo” mientras se cierran micrófonos, se esquivan preguntas de la prensa y se reprime con gases y balas a quienes salen a protestar.

La fuerza de la Generación Z, sin embargo, es demoledora. No necesitan blindajes ni asesores con viáticos dorados: solo pancartas, redes sociales y la indignación de quien sabe que ya no tiene nada que perder. Cada insulto presidencial es gasolina para la protesta. Cada descalificación los multiplica. Y eso es lo que aterroriza al poder.

La Generación Z es la prueba viviente de que el Perú todavía no está resignado a la ruina. Son incómodos porque exponen la mediocridad de un gobierno atrapado en su propia burbuja y de un Congreso que se aferra a privilegios como náufragos al último tablón.

Reflexión final
Boluarte podrá resistir hasta el 28 de julio de 2026 con la complicidad parlamentaria, pero quedará en la memoria como la presidenta que le tuvo miedo a sus jóvenes. Y esos jóvenes, a quienes llama “resentidos”, serán recordados como la generación que rompió el guion: la que decidió no heredar un país podrido sin al menos haberlo peleado en las calles.

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