El fútbol nació en las calles, en los potreros, en los barrios. Creció con entradas baratas, estadios abarrotados de obreros, estudiantes, familias enteras que hacían del Mundial un ritual colectivo. Hoy, bajo el mandato de Gianni Infantino, la Copa del Mundo amenaza con convertirse en lo que nunca debió ser: un espectáculo reservado para quienes pueden pagar precios de escándalo. La FIFA lo llama “modelo de mercado”. Traducido al idioma de la tribuna: un saqueo legal del espíritu popular del fútbol.
Veamos los números: 3,180 dólares para seguir a tu selección de inicio a fin en categoría “económica”. Dos mil dólares por la entrada más barata para la final. Una comisión del 15% en la reventa “oficial” que la FIFA administra con descaro corporativo. Súmenle vuelos transoceánicos, hoteles con tarifas infladas y alimentación dentro de estadios diseñados para que no se escape ni un dólar del bolsillo del aficionado. El resultado: el Mundial más caro de la historia, no por la calidad del fútbol, sino por la codicia institucionalizada.
Lo irónico es que la FIFA insiste en que sus precios son “competitivos”. En México 1986, una entrada para la final costaba el equivalente a 20 dólares. En Alemania 2006, el boleto más accesible para un partido de fase de grupos rondaba los 35 euros. Hoy, cuatro décadas después, asistir al Mundial equivale al gasto anual en educación de una familia promedio en América Latina. ¿Dónde quedó la accesibilidad que hacía del Mundial un evento de todos y no un desfile de pocos?
Infantino sueña con que el fútbol sea un Super Bowl global, un NBA itinerante, un festival de lujo donde el espectáculo esté más en el palco que en la cancha. Pero el alma del fútbol no está en los asientos VIP ni en los “hospitality packages” que la FIFA vende a corporaciones; está en el hincha que viaja en bus, duerme en hostales y canta sin parar. Ese hincha que hoy es tratado como estorbo, porque no deja suficientes ganancias.
La contradicción se vuelve insultante cuando la FIFA habla de “inclusión” mientras excluye al 90% de sus aficionados. Expande el Mundial a 48 selecciones —y pronto a 64 o más— para vender inclusión deportiva, pero restringe el acceso real con precios que convierten las tribunas en vitrinas de élite. ¿De qué sirve invitar a más equipos si los estadios se llenarán de turistas corporativos y no de hinchas que viven el fútbol como parte de su identidad?
El Mundial 2026 quedará en la historia como la Copa más espectacular en infraestructura, tecnología y marketing. Pero también será recordado como la más desigual: un torneo diseñado para billeteras de oro, no para gargantas populares. Una Copa en la que se venderá el relato de la fiesta global mientras millones de hinchas en todo el mundo solo podrán verla por televisión.
Reflexión final
El fútbol siempre fue del pueblo, no de las élites. Hoy la FIFA lo trata como un producto de lujo, traicionando su esencia y enterrando el espíritu que lo convirtió en el deporte más universal del planeta. Desde esta trinchera, La Caja Negra repite lo que muchos callan: el Mundial de Infantino no es la celebración del fútbol, es su secuestro. Y cuando los precios cierren las puertas de los estadios al pueblo, el verdadero marcador no será quién levante la copa, sino cuánto dinero perdió la esencia para engordar las arcas de unos pocos.
