El Perú se cae a pedazos, pero el ministro de Transportes prefiere llorar. César Sandoval, entre sollozos, pidió al cardenal Carlos Castillo que no critique al gobierno de Dina Boluarte. En un país donde asesinan a choferes por extorsión, donde las calles son dominio del crimen y donde los transportistas preparan un paro nacional, el ministro encontró el verdadero enemigo: no las mafias, no la corrupción, no la incapacidad, sino la voz moral que se atreve a cuestionar el desgobierno.
Mientras el país se incendia, los ministros piden silencio. Mientras los ciudadanos entierran víctimas, el Ejecutivo exige respeto. Y mientras el Estado promete “inteligencia” policial, el crimen ya gobierna con eficacia empresarial.
Las lágrimas del ministro Sandoval no son conmovedoras, son simbólicas: representan a un Gobierno que confunde el llanto con gestión y la súplica con autoridad. Frente a las críticas del cardenal Castillo —quien advirtió que el Estado también es responsable de las muertes producto de la violencia desbordada—, el ministro reaccionó como si le hubieran tocado un nervio divino. En lugar de escuchar, pidió “unidad”. En otras palabras, pidió silencio.
El país atraviesa su peor crisis de seguridad en décadas: asesinatos diarios, cobros de cupos, extorsiones y secuestros que ya no distinguen barrios ni profesiones. Y frente a esa realidad, el titular del MTC aseguró, con voz entrecortada, que “la estrategia va a funcionar”. El problema es que nadie ha visto esa estrategia. Solo promesas, discursos y declaraciones recicladas que se repiten cada vez que la sangre vuelve a correr.
Mientras tanto, los transportistas preparan un paro nacional, no por gusto, sino por supervivencia. Conducir una unidad hoy en Lima o Callao es una ruleta rusa. Ser comerciante, empresario o taxista es firmar un seguro de vida invisible. El crimen cobra cupos, pero el Estado también: en impuestos, en negligencia, en abandono.
Y en medio de todo, un ministro llora. Llama a la unidad, como si el país no la quisiera. Pero la unidad no se decreta ni se implora: se construye con justicia, con liderazgo y con resultados. Lo que Sandoval pide no es unidad, es obediencia. Lo que el Gobierno exige no es respeto, es silencio. Un silencio que sirve para cubrir la ineficacia y para blindar a una presidenta que, a estas alturas, ya es símbolo del colapso institucional.
La escena es patética por lo que representa: un funcionario implorando comprensión mientras las calles son tomadas por el miedo. Un país que llora a sus víctimas y un ministro que llora por su cargo. Un cardenal que señala la verdad incómoda y un gobierno que busca callarla. En el Perú de hoy, el pecado no es la corrupción ni la incapacidad: el pecado es criticar.
La súplica del ministro Sandoval es el retrato perfecto del régimen de Dina Boluarte: un gobierno frágil, sin liderazgo moral, sin rumbo político y sin autoridad. Un gobierno que pide compasión en lugar de ofrecer soluciones. Que exige respeto, pero no lo gana. Que invoca la paz mientras alimenta la indiferencia.
El cardenal Castillo no atacó al Estado: lo describió. Y lo que duele no es la crítica, sino el espejo. El poder no soporta verse reflejado en su propia ineptitud.
Reflexión final
En el Perú de Boluarte, los ministros lloran en público, los transportistas mueren en las calles y el cardenal incomoda con la verdad. No hay milagros ni consuelos, solo un país que se desangra mientras su Gobierno exige silencio en nombre de la unidad.
Quizá el ministro tenga razón: necesitamos unidad. Pero no para proteger al poder, sino para defendernos de él.
