La FIFA ya no parece una federación deportiva, sino una corporación de influencias globales con sede en Zúrich y alma de paraíso fiscal. Su presidente, Gianni Infantino, juega de dirigente, estratega y dueño del balón. Prometió transparencia y dignidad, pero terminó fundando “FIFA S.A.”, donde el talento se mide por lealtades políticas y el mérito por cercanía al trono suizo.
En su última jugada, Infantino incorporó a seis argentinos en cargos clave del organismo. ¿Casualidad? No. Es puro cálculo político. Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la AFA, ahora lidera la Comisión de Reglamento —el mismo dirigente cuestionado en su propio país por la falta de transparencia—. Lo acompañan Federico Beligoy en el Comité de Árbitros, Cristian Malaspina en Marketing y otros tres compatriotas en áreas menores. Así, Zúrich se transformó en una sucursal de Ezeiza, y el poder futbolístico adoptó acento porteño.
Infantino lo presenta como un homenaje al “liderazgo futbolístico argentino”, pero es una jugada de manual: premiar aliados, asegurar votos y blindar su imagen. Hoy la FIFA vive de su marketing, no de su ética. Nada vende más que la camiseta de Messi levantando una copa, y mientras tanto, el fútbol femenino, las ligas menores y los programas de formación siguen relegados al olvido.
El mecanismo es viejo: neutralizar las voces incómodas con cargos y viajes. Si alguien exige transparencia, se le entrega una comisión. Si un dirigente duda, se le otorga un asiento en el consejo. La corrupción moderna ya no necesita sobres con dinero; basta con una acreditación dorada y un discurso sobre “unidad global del fútbol”.
Mientras tanto, los países sin influencia —como Perú, Bolivia o Paraguay— quedan fuera del tablero. Sin representación, sin voz, sin peso. Somos apenas consumidores de derechos televisivos, exportadores de talento barato y espectadores del negocio ajeno. La FIFA mira al continente con un ojo en Buenos Aires y el otro en las estadísticas de mercado.
Infantino prometió reformar el sistema, pero solo reinventó su red de favores con traje de ejecutivo. Hoy, los comités técnicos parecen oficinas de relaciones públicas y los árbitros se forman con tutoriales digitales. El fútbol se aleja de su esencia: ya no pertenece al pueblo, sino a quienes pueden pagar el palco.
Reflexión final
Desde La Caja Negra levantamos la voz porque callar sería complicidad. La FIFA ya no huele a vestuario, sino a directorio. El problema no es que haya argentinos en el poder, sino que no haya meritocracia ni equilibrio. Infantino habla de inclusión mientras construye una élite global blindada por el dinero.
Y así, entre discursos y comisiones, el fútbol se desangra. Porque en la nueva FIFA, el gol ya no lo grita el pueblo, lo factura el accionista.
