El Perú ya no se gobierna desde Palacio, sino desde las cárceles, las calles y los celulares de los extorsionadores. Las bandas criminales mandan más que los ministros, las balas suenan más fuerte que los discursos, y la policía —desarmada, sin chalecos antibalas ni patrulleros— apenas sobrevive en un país que ha perdido el control. El ataque a Agua Marina fue solo una señal más de lo que todos ya sabemos: el crimen ha tomado el poder, y el gobierno ha entregado las llaves.
Cada día se cuentan los muertos como si fueran parte del pronóstico del tiempo. Transportistas baleados, comerciantes extorsionados, empresarios secuestrados, artistas heridos. La violencia se ha convertido en la rutina nacional. Ya no es noticia que haya un asesinato, sino que haya sobrevivientes. Mientras tanto, el gobierno de Dina Boluarte mira hacia otro lado, paralizado, sin un plan de seguridad, sin estrategia y sin autoridad. El Perú es hoy un territorio sin Estado, donde el crimen dicta las reglas y los ministros apenas repiten excusas.
La Policía Nacional, símbolo de protección, se ha convertido en una víctima más. No tiene patrulleros, no tiene chalecos, no tiene inteligencia operativa ni respaldo político. Los delincuentes van mejor armados, mejor organizados y mejor informados que quienes deberían enfrentarlos. La criminalidad ha tomado Lima, Callao, Trujillo, Piura, Arequipa, y nadie en el gobierno parece dispuesto a dar una pelea real. La delincuencia no solo mata personas: está matando la esperanza, el trabajo y la confianza.
Dina Boluarte parece creer que con declaraciones basta para recuperar el orden. Pero el orden no se decreta: se construye con autoridad y resultados, no con conferencias de prensa. Cada silencio suyo es un mensaje claro para las mafias: pueden seguir avanzando, nadie las va a detener. Hoy los extorsionadores no temen a la ley, la manejan. Los narcos no temen al Estado, lo infiltran. Las bandas no se esconden, se exhiben. Y el gobierno no gobierna, solo asiste a su propio funeral político.
El país está tomado. No por ideologías, sino por bandas criminales que han hecho del Perú su botín. Mientras el pueblo se esconde detrás de rejas y candados, el Estado se esconde detrás de excusas. Boluarte repite que “la seguridad es prioridad”, pero ni la Policía está segura de sobrevivir. En el Perú de hoy, la vida es un acto de fe y la justicia, una palabra en extinción.
Reflexión final
Señora Boluarte, ¿qué más tiene que pasar para que despierte? Las bandas gobiernan, los delincuentes mandan, y el país entero está arrodillado ante el miedo. Usted prometió gobernar, pero lo único que ha administrado es el caos. El Perú ya no le pertenece al Estado, le pertenece al crimen. Y si no lo entiende, pronto ni Palacio será territorio seguro. Porque cuando el silencio se convierte en política, la delincuencia se convierte en gobierno. Y eso, lamentablemente, ya está ocurriendo.
