Las investigaciones y el polémico perfil de José Jerí

El Perú vuelve a girar en su carrusel político. Dina Boluarte cayó por “incapacidad moral permanente”, pero el país no amaneció más esperanzado: solo cambió de protagonista. José Jerí, hasta hace unas horas presidente del Congreso, juró como nuevo jefe de Estado con promesas de reconciliación, moral y guerra a la delincuencia. El problema es que su propio historial parece sacado de un expediente judicial más que de un discurso de investidura. La pregunta, tan repetida como inútil, vuelve a resonar: ¿cómo puede salvar al país alguien que apenas puede salvar su propia reputación?

Jerí llega al poder con tres maletas: una con denuncias, otra con promesas y una tercera con silencios. Las denuncias incluyen presunta violación sexual, desobediencia a la autoridad y corrupción en la Comisión de Presupuesto. Su defensa es el libreto clásico: “no hay pruebas”. Pero en un país donde la ética política se mide con lupa rota, la sola sombra de esos casos basta para poner en duda cualquier palabra que empiece con “reconciliación”.

En su primer discurso, invocó el nombre de Miguel Grau, pidió perdón y ofreció “declararle la guerra a la delincuencia”. El problema es que la guerra contra la impunidad no puede liderarla alguien que aún debe explicaciones a la justicia. No se puede limpiar la casa con las manos manchadas.

El Congreso que lo aplaude es el mismo que lo ungió como presidente tras vacar a Boluarte, no por ética, sino por conveniencia. Porque en el Perú, la moral no se exige, se intercambia. Y así, mientras los peruanos cuentan muertos por la violencia diaria y las mafias gobiernan las calles, el Parlamento recicla liderazgos como si la banda presidencial fuera un mantel que cubre la vergüenza.

Jerí promete estabilidad, elecciones limpias y lucha contra el crimen. Pero los discursos grandilocuentes no resuelven lo que los actos ensucian. En su gestión como congresista, acumuló cuestionamientos por tráfico de influencias y desobediencia judicial. Hoy, ese mismo político pide confianza nacional. Paradójico, por no decir tragicómico: el país vuelve a depositar su esperanza en un investigado más.

El Perú no tiene gobiernos de transición: vive en transición perpetua. De la desconfianza al desencanto, del desgobierno al desconcierto. Dina Boluarte se va dejando ruinas, pero su sucesor no llega con cimientos, sino con antecedentes. Y mientras el poder se reparte como botín entre bancadas, el ciudadano común sigue pagando la factura del caos institucional.

Reflexión final
José Jerí tiene la oportunidad —y la urgencia— de demostrar que el poder no es refugio, sino responsabilidad. Pero si algo enseña la historia reciente del Perú es que el cambio de rostros no garantiza el cambio de rumbo. El país no necesita más juramentos ni metáforas heroicas: necesita decencia. Y hasta que esa palabra deje de ser utopía, seguiremos gobernados por el ruido de los aplausos en el Congreso y el eco del desencanto en las calles.

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