La Liga Peruana de Vóley aún no ha comenzado… y ya está en crisis. Lo que debía ser una fiesta deportiva se ha convertido en una tragicomedia burocrática. Alianza Lima, bicampeón nacional, ha decidido no presentarse a su primer partido frente a Kazoku No Perú. ¿La razón? La Federación Peruana de Vóley (FPV) programó el encuentro justo el mismo día que la tradicional Noche Blanquiazul, evento que el club había planificado hace meses.
La jefa del equipo íntimo, Cenaida Uribe, fue clara: “No nos vamos a presentar”. Pero más allá del titular, la frase encierra el verdadero diagnóstico del deporte peruano: descoordinación, improvisación y una autoridad federativa que confunde “gobernar” con “imponer”.
La FPV, en lugar de actuar como organizadora moderna, parece una oficina que programa partidos con el calendario del horóscopo chino. Nadie informa, nadie dialoga, nadie planifica. Uribe advirtió con anticipación que la Noche Blanquiazul estaba agendada con meses de antelación, pero la Federación decidió fijar la fecha igual. ¿Casualidad? ¿Descuido? ¿O una muestra de poder para recordar quién manda?
El argumento de la FPV es tan débil como su credibilidad: “hay que cumplir las bases”. Pero las bases del reglamento no pueden estar por encima de la base del respeto institucional. Porque el voley no se construye con sellos, sino con gestión. Y si el máximo ente del deporte no puede coordinar un calendario, ¿cómo pretende profesionalizar una liga que, por ahora, sobrevive más por la pasión de las jugadoras que por la eficiencia de sus dirigentes?
El conflicto tiene además un aroma sospechosamente televisivo. Uribe lo dijo sin rodeos: América Televisión transmitirá la Noche Blanquiazul, mientras que Latina es el canal oficial de la liga. De pronto, lo que parecía un problema de programación se convierte en una guerra de señales. En el Perú, hasta la pelota pasa por los intereses de los medios. Y mientras las federaciones se pelean por quién cobra la pauta, las deportistas cargan con las sanciones.
Paradójicamente, Alianza Lima no es cualquier club. Representará al país en el Mundial de Clubes en diciembre, algo que no ocurre hace más de tres décadas. Pero ni eso conmueve a la Federación, que se niega a reprogramar un solo partido. Cuando llegue el Mundial, la FPV reprogramará sin problema quince fechas… pero cuando se trata de apoyar al bicampeón nacional, la respuesta es “no se puede”. En otras palabras: para el espectáculo internacional, flexibilidad; para el talento local, rigidez.
La postura de Alianza no es rebeldía; es dignidad deportiva frente a una institución que confunde disciplina con autoritarismo. Negarse a jugar es, en este contexto, una forma de exigir respeto. Porque detrás del conflicto hay un mensaje más profundo: el voley peruano no necesita más dirigentes que se crean dueños del deporte, sino líderes que lo entiendan como un espacio de construcción, no de control.
Reflexión final
Desde La Caja Negra denunciamos la precariedad institucional que asfixia al deporte nacional. El voley femenino, que durante años fue orgullo del Perú, hoy se debate entre el ego de los dirigentes y la indiferencia estatal. La Noche Blanquiazul debería ser un símbolo de celebración, no un motivo de sanción. Si la Federación prefiere castigar antes que dialogar, entonces el verdadero “walk over” no será de Alianza Lima, sino del propio sistema deportivo peruano, que vuelve a perder un partido que ni siquiera supo jugar.
