Boluarte se fue como la mandataria más impopular del mundo

En un país acostumbrado a la desilusión, Dina Boluarte superó todas las expectativas: logró ser la presidenta más impopular del mundo. No del continente, ni de la región andina. Del mundo entero. Su récord —93% de desaprobación nacional y 0% entre los jóvenes— es un hito de ineptitud política y desconexión social. Ni los dictadores más caricaturescos se atrevieron a tanto. Boluarte deja Palacio no como una mandataria, sino como el símbolo perfecto del fracaso institucional del Perú: un gobierno que no gobernó, una líder que no lideró y una mujer que confundió el poder con la anestesia moral.

El Congreso la destituyó por “incapacidad moral permanente”, pero la frase resulta casi piadosa. Su verdadero pecado fue la incapacidad total: política, ética y humana. Gobernó un país que no la quería, ignoró protestas que pedían justicia y habló de “tranquilidad” mientras la gente caía muerta en las calles. En su mandato, hubo más comunicados que decisiones, más relojes que resultados y más silencio que empatía.

El colapso de Boluarte fue previsible. Desde su entrada a Palacio, gobernó con el mismo guion de sus predecesores: blindaje, cinismo y una obsesión por durar, aunque fuera a costa del país. Se rodeó de ministros reciclados, de asesores complacientes y de un Congreso que fingía lealtad mientras afilaba el cuchillo. Y cuando el Rolexgate estalló, prefirió negar lo evidente: el lujo en la muñeca de una presidenta que decía “no tener tiempo ni para peinarse”. La ironía más costosa de la historia reciente.

Su popularidad cayó más rápido que la credibilidad del Estado. El 93% de desaprobación no es una cifra: es un grito. Y el 0% entre los jóvenes no es estadística: es una lápida generacional. Ningún político había logrado que los jóvenes —tan fragmentados, tan diversos— coincidieran en algo. Boluarte lo consiguió: los unió en el rechazo. No hubo ni un solo encuestado de entre 18 y 24 años que la aprobara. Ni uno. Ni su community manager.

Mientras tanto, el Congreso celebraba su caída con falsa solemnidad, como si no fueran los mismos que la sostuvieron hasta el último segundo a cambio de cuotas y prebendas. Ahora ponen en su lugar a José Jerí, un presidente interino con denuncias por violación y corrupción. Cambian los rostros, pero no los delitos. En el Perú, la alternancia democrática es apenas el relevo entre investigados.

Dina Boluarte se va sin pueblo, sin historia y sin legado. Su paso por Palacio no deja políticas ni reformas, solo cadáveres políticos y reales. Fue la mandataria que más gastó, más mintió y menos gobernó. Su final no fue un golpe de Estado, sino un golpe de realidad: nadie sobrevive a tanto desprecio.

Reflexión final
Boluarte creyó que la indiferencia era una estrategia. Fue su sentencia. Gobernó para durar, no para servir; para posponer el colapso, no para evitarlo. Y cuando todo se derrumbó, intentó aferrarse al poder como quien se aferra al humo. Hoy, su nombre no inspira respeto ni indignación, solo cansancio. Dejó el Perú igual que lo encontró: dividido, inseguro y desconfiado. Pero con una certeza compartida: ningún reloj de lujo puede marcar la hora de la decencia.

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