El país vuelve a temblar, y no por un sismo, sino por algo mucho más poderoso: la indignación de la juventud. La Generación Z, esa misma que los políticos despreciaron llamándola “degeneración”, vuelve a las calles hoy domingo. No lo hace por moda ni por likes, sino porque ya no soporta vivir en un país tomado por los corruptos, los delincuentes y los mismos de siempre. La llegada de José Jerí al poder —el presidente por descarte, elegido por un Congreso que nadie eligió— ha encendido otra vez la mecha de un hartazgo que ni el miedo ni las balas podrán apagar.
Los jóvenes no olvidan. Vieron cómo Dina Boluarte convirtió la represión en política de Estado y cómo el Congreso usó la vacancia como un botón de “reinicio” institucional para seguir gobernando sin pueblo. Hoy, con José Jerí, sienten que la historia se repite con otro rostro y el mismo cinismo. Por eso, su grito es claro: “No reconocemos a este pacto corrupto ni a un presidente inmoral”. Detrás de cada pancarta y cada paso en las calles late una verdad incómoda: el Perú ya no soporta la farsa del poder reciclado.
Mientras Jerí habla de “estabilidad”, las calles se llenan de miedo y rabia. El país sigue secuestrado por las mafias que cobran cupos, extorsionan, matan y gobiernan mejor que el propio Estado. Las escuelas se caen, los hospitales se mueren y las comisarías ni siquiera tienen patrulleros. Pero el flamante presidente prefiere posar como estadista mientras su legitimidad se derrumba en tiempo real. ¿De qué sirve jurar por la Constitución cuando la realidad nacional está escrita con sangre y abandono?
La Generación Z —esa que no vivió la dictadura, pero sí la decepción— no le cree a nadie. Exigen dignidad, no discursos. Quieren seguridad, no promesas huecas. Y, sobre todo, exigen respeto a su futuro, ese que la clase política ha hipotecado una y otra vez. En su comunicado, los jóvenes le hablan incluso a la Policía: “Ustedes también son peruanos, no levanten sus armas contra el pueblo”. Ese llamado revela el abismo moral en el que estamos: en el Perú, el ciudadano tiene que suplicar que no le disparen por protestar.
José Jerí enfrenta hoy domingo su primer gran termómetro en las calles con un país que no lo reconoce. Las marchas le recordarán que la legitimidad no se vota en el Congreso, se gana en la conciencia colectiva. Si repite el libreto de Boluarte —represión, indiferencia y silencio— su gobierno no durará más que una temporada de improvisación. En el Perú, los presidentes no caen por conspiración, caen por el hartazgo del pueblo.
Reflexión
Lo que ocurre hoy no es una protesta más: es una generación entera diciendo “basta”. Los jóvenes de hoy ya no piden permiso para reclamar, y los políticos ya no pueden esconderse detrás del miedo. Si Jerí no escucha, será otro nombre en la larga lista de presidentes que confundieron autoridad con sordera. Porque la Generación Z no obedece, cuestiona; no espera, actúa. Y cuando los jóvenes toman la palabra, los gobiernos sin moral empiezan a temblar.
