Perú: ocho mandatarios en ocho años, la constancia del fracaso

El Perú parece haberse especializado en producir presidentes de corta duración. De Pedro Pablo Kuczynski a Dina Boluarte, ninguno logró completar un solo mandato de cinco años. Ocho presidentes en ocho años y ni uno capaz de sostener el timón más allá de su propia crisis. El país que inventó la papa y la marinera ha terminado por perfeccionar otro producto de exportación: la inestabilidad política crónica.

La tragedia ya no indigna, solo cansa. Cada juramentación se celebra como un milagro, y cada vacancia como un déjà vu. En el Perú, el poder no se hereda ni se conquista: se sobrevive.

Todo empezó con la “técnica” del empresario ilustrado, Pedro Pablo Kuczynski, quien duró un año y medio antes de que su gobierno se desplomara entre videos, compra de votos y el eterno olor a Odebrecht. Luego vino Martín Vizcarra, el héroe accidental que creyó poder gobernar contra el Congreso, hasta que el Congreso le enseñó que en el Perú el poder no se ejerce: se negocia. Lo vacaron por “incapacidad moral permanente”, ese comodín jurídico que sirve igual para castigar la corrupción o los egos heridos.

Después vino Manuel Merino, el presidente exprés. Duró menos que un feriado largo —cinco días— y su legado se mide en funerales y gas lacrimógeno. Le siguió Francisco Sagasti, el interino con tono académico que más parecía bibliotecario de una democracia en ruinas. Gobernó como quien cuida un museo saqueado.

El 2021 trajo al maestro Pedro Castillo, la gran promesa del “pueblo”. Prometió un gobierno de cambio, pero cambió ministros como quien cambia calcetines. Intentó disolver el Congreso y terminó disolviéndose él mismo. Lo reemplazó Dina Boluarte, que prometió orden y terminó gobernando el caos con joyas, silencios y represión. Su popularidad: 93%. Su legado: cero.

Y ahora tenemos a José Jerí, el nuevo presidente de la República, otro “salvador” con discursos de reconciliación y promesas de seguridad. Dice que combatirá la delincuencia y reconstruirá la confianza nacional. Lo mismo dijeron los anteriores. Lo mismo olvidaron después. El país no necesita más discursos con tono grave, sino gobiernos con moral. Pero en el Perú, la ética es un valor que dura menos que un mandato presidencial.

Mientras tanto, la gente observa desde la vereda del desengaño. La inseguridad crece, la pobreza retorna y los políticos siguen en su eterno juego de sillas musicales. La palabra “transición” se volvió un chiste amargo: vivimos en una transición perpetua hacia ninguna parte.

Ocho presidentes en ocho años. Ninguno completó el mandato. Todos prometieron refundar la República; todos terminaron fundidos por su propia torpeza o ambición. Lo peor es que ya nadie se sorprende. La indignación se volvió costumbre, y la vergüenza, rutina.

Reflexión final
El Perú no está en crisis: vive de la crisis. Un país que cambia de presidente como de clima no puede llamarse democracia, sino improvisación institucional. La ciudadanía ya no espera líderes, solo menos decepciones. Y aunque cada nuevo mandatario promete “reconciliación y esperanza”, el pueblo hace rato aprendió a traducir: en política peruana, eso significa “aguante hasta la próxima vacancia”. Porque aquí no se elige quién gobierna: se apuesta por quién cae primero.

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