Han pasado más de cuarenta y ocho horas desde que José Jerí asumió la Presidencia de la República tras la vacancia de Dina Boluarte, y el Perú continúa sin gabinete, sin premier y sin señales de gobierno. El nuevo mandatario prometió “empatía, reconciliación y un gabinete de unidad nacional”. Hasta ahora, solo ha cumplido con la primera parte de esa frase: empatizar con la inercia.
En un país donde cada minuto sin decisiones cuesta vidas, empleos y estabilidad, Jerí parece haber heredado no solo la banda presidencial, sino también la parálisis del poder. No hay primer ministro, no hay ministros, y lo que sí hay —como en todo gobierno de transición— es incertidumbre, rumores y repeticiones de nombres reciclados del pasado.
El artículo 120 de la Constitución es claro: ningún acto presidencial es válido sin la firma de un ministro. Es decir, mientras Jerí siga gobernando solo, el país está en pausa legal. Su presidencia, sin gabinete, es una puesta en escena sin guion ni elenco. No hay decisiones oficiales, pero sí fotografías, reuniones protocolares y promesas abstractas. La institucionalidad, una vez más, queda suspendida en el limbo.
Lo paradójico es que Jerí ascendió al poder justamente en medio del discurso de la “lucha contra la inseguridad”. Sin embargo, ni siquiera ha logrado conformar el equipo mínimo para declarar esa guerra. El Estado sigue sitiado por la delincuencia y, ahora, también por la improvisación. El enemigo ya no está solo en las calles: está en la incapacidad de gobernar.
Los nombres que circulan para el gabinete —Carlos Estremadoyro, Cluber Aliaga, Jorge Angulo, Miguel Palacios— no auguran renovación ni independencia, sino el retorno del reciclaje político. El país pide un liderazgo distinto y Jerí responde con un casting de exministros que ya probaron, sin éxito, las mieles del poder. La política peruana no evoluciona: se reitera.
Mientras tanto, la ciudadanía observa entre el hartazgo y la burla. “Que se vayan todos”, dijo una mujer frente a las cámaras, resumiendo en cuatro palabras lo que las encuestas no alcanzan a expresar. Es la frase que retrata una democracia agotada, donde el cambio de rostros no altera la trama.
Jerí, además, carga con su propio historial de sombras: denuncias archivadas por violación, investigaciones por enriquecimiento ilícito y tuits misóginos que resurgen como un espejo incómodo de su perfil político. Su ascenso, más que un triunfo, parece un accidente institucional.
Así, el Perú vuelve a ser gobernado por la ausencia: una presidenta vacada por inacción y un sucesor que empieza su mandato con un gabinete fantasma. El país, nuevamente, a la deriva.
El reto de José Jerí no es solo formar un gabinete: es demostrar que hay un gobierno. Que el poder no se reduce a un escritorio vacío en Palacio. Que, después de tanto caos, el Perú no merece otro ensayo fallido de autoridad. Porque mientras el presidente busca ministros, el país sigue buscando rumbo.
