El fútbol peruano prefiere importar jugadores antes que formar

El fútbol peruano ha encontrado su atajo preferido: no formar jugadores, sino rastrear apellidos en el mundo. En vez de construir desde la base, preferimos hurgar en clubes extranjeros en busca de jóvenes con raíces peruanas que, milagrosamente, nos devuelvan la gloria perdida. La nueva estrategia no pasa por mejorar la Liga 1, ni por fortalecer divisiones menores o modernizar la Videna. No. La solución mágica, dicen, está en nacionalizar promesas forjadas en Europa o América del Norte y ponerles la camiseta de la selección. Si ese es el “proyecto”, vamos por el camino equivocado.

La fiebre por los “peruanos del exterior” es la confesión más honesta del fracaso institucional. Es aceptar que no hay estructura, planificación ni trabajo serio. Que nuestras categorías menores son una ruina competitiva, donde la Sub-15, la Sub-17 o la Sub-20 terminan últimas, goleadas y sin proyección real. Que los clubes no invierten en formación, que las canchas son trampas de polvo y que los técnicos juveniles sobreviven más por vocación que por respaldo.

Mientras Brasil, Argentina Ecuador, Colombia, Venezuela exportan futbolistas al mundo entero y Uruguay produce talentos en cadena, nosotros celebramos cuando un chico con apellido peruano aparece en el Bayern, el Milan o el Eintracht Frankfurt. Los convocamos con orgullo patriótico, pero sin un entorno que los contenga. Creemos que traerlos resolverá un problema que no se arregla con pasaportes, sino con políticas sostenidas. Vestirlos de rojo y blanco no convierte a la Federación en visionaria, sino en dependiente.

El problema no es captar talentos con raíces peruanas, sino que eso se haya convertido en el único plan. En lugar de invertir en infraestructura, detectar talentos en provincias o elevar la calidad del torneo local, la FPF gasta recursos en “scouts internacionales” que buscan apellidos en genealogías futboleras. Es una política de parche, un atajo disfrazado de estrategia. Así, el país se condena a la dependencia, sin identidad deportiva ni visión a futuro.

Lo que el Perú necesita no es un mapa de apellidos, sino un plan a largo plazo, serio y medible hasta el 2050. Un proyecto que empiece en las escuelas, continúe en los clubes y culmine en una selección con estilo propio, formadores capacitados, y una red de centros de alto rendimiento. Un plan que mida avances, corrija errores y piense en generaciones, no en torneos. Porque ningún chico del Milan o el Frankfurt podrá sostener un equipo que no sabe competir, ni un sistema que no enseña a ganar.

La verdadera revolución del fútbol peruano no será encontrar talentos en el extranjero, sino construirlos en casa. Lo que hoy parece ingenio —convocar a los que otros formaron— es, en realidad, una muestra de resignación. Si seguimos delegando el futuro de nuestra selección a la suerte de la diáspora, estaremos condenados a ser espectadores de los proyectos ajenos.

Reflexión final
Desde La Caja Negra lo decimos con claridad: el fútbol peruano no se salva cazando pasaportes, sino construyendo cimientos. No habrá Mundial posible mientras el país siga buscando salvadores en el extranjero y no en sus propias canchas. El futuro no está en Milán, Londres o Múnich. Está aquí, en los niños que hoy patean en tierra, esperando que alguien los mire con el mismo entusiasmo con el que miramos las ligas de otros. Porque si no empezamos a construir, el mañana no llegará nunca.

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