Hechos, sin rodeos: Mauricio Ruiz Sanz, T.rvko, 32 años, recibió un disparo en una marcha. Murió por ejercer un derecho. Gian Marco lo resumió con precisión: “Lo mataron por marchar”. Punto. Mientras tanto, el miércoles, artistas y colectivos avanzaron desde el Palacio de Justicia hacia el Congreso y la respuesta fue gas, encierro y miedo. Tatiana Astengo lo dejó por escrito: “Nos encerraron en la avenida Abancay… un ‘terna’ en una azotea dio la orden y nos ‘gasearon’. Estamos vivos de suerte”. Si protestar exige suerte, el Estado ya falló.
No hay misterio que resolver. Manifestarse es un derecho, no una concesión. Si una movilización pacífica termina con disparos, la prioridad no es fabricar excusas, sino identificar órdenes, protocolos, mandos y responsabilidades. ¿Quién autorizó el cerco? ¿Bajo qué procedimiento se usó gas contra familias, estudiantes y adultos mayores? ¿Por qué había personal sin identificación? ¿Qué mando avaló esa cadena de decisiones? Esto es gestión pública, no coreografía para cámaras.
La escena artística cumplió con lo que la política esquiva: nombrar el problema y sostener la memoria. “Cuando un artista muere, nunca muere”, dijeron los colectivos que organizaron la vigilia. Exacto. Pero la consigna no reemplaza a la justicia. El Teatro La Plaza lo dijo claro: protestar no puede costar la vida. Lo que sigue no es un comunicado tibio, sino acciones verificables: suspensión de los involucrados, publicación de planes operativos, lista completa de efectivos, balística, trazabilidad de órdenes, acceso a las cámaras y, sobre todo, consecuencias.
También hay que decirlo sin maquillaje: el libreto del “hubo infiltrados” es un atajo para la impunidad. Si hubo delitos, se persiguen con evidencia y debido proceso, no con disparos a quemarropa ni con brigadas anónimas. La seguridad ciudadana no se construye gaseando multitudes; se construye con proporcionalidad, mando controlado y rendición de cuentas. El resto es abuso con uniforme.
La cultura no busca privilegios; exige garantías. Cantar no es una provocación. Marchar no es una amenaza. Cuando el poder responde a consignas con pólvora, no defiende el orden: fabrica miedo. Y donde reina el miedo, la democracia es utilería.
Lo esencial cabe en dos líneas: a Mauricio lo mató una bala en una protesta; el Estado debe responder con verdad y sanción. Cualquier cosa menos que eso —comisiones que no llegan a nada, discursos huecos, blindajes— consolida un mensaje único: disparar sale gratis. Si el gobierno pretende autoridad, empiece por lo básico: controlar a su fuerza pública y proteger el derecho a la protesta.
Reflexión final
Las velas de la vigilia se apagarán. La obligación permanece. Artistas, estudiantes, familias: sigan en la calle con la ley en la mano. Autoridades: entreguen nombres, documentos, peritajes y decisiones. La democracia se mide en un dato simple: que quienes salen a marchar regresen vivos a casa. Si hoy eso parece una utopía, no hace falta más poesía; hace falta justicia. La Caja Negra.
