La vacancia de Boluarte prometía un respiro, pero llegó más caos

La vacancia de Dina Boluarte prometía un respiro, pero lo que llegó fue humo. Humo de gases lacrimógenos, humo de neumáticos ardiendo, humo de un país que sigue en combustión. La primera gran protesta contra José Jerí y el Congreso terminó con una cifra que ya es parte de la rutina nacional: heridos, detenidos y un muerto. El Perú volvió a hablar donde sus gobernantes siguen callando.

Miles de ciudadanos tomaron las calles de Lima con una consigna que lo resume todo: que se vayan todos. Lo que comenzó como una manifestación pacífica, con jóvenes, trabajadores y colectivos universitarios marchando por la avenida Abancay, terminó convertida en otro episodio de violencia institucional y descontrol social. Las bombas molotov se enfrentaron a las bombas lacrimógenas, las arengas se cruzaron con disparos de goma, y la noche terminó con un nombre más en la lista de víctimas: Eduardo Ruiz, un músico de 32 años que salió a protestar y no volvió.

Las imágenes son el retrato del fracaso político peruano. La caída de Boluarte no detuvo la crisis; la trasladó. El gobierno interino de José Jerí, sin liderazgo ni respaldo popular, se ha limitado a reaccionar con el mismo libreto: represión, discursos y condolencias. Su tuit lamentando la muerte de un joven es una postal de la desconexión del poder: frases de luto escritas desde un helicóptero que sobrevolaba la protesta. Un país fracturado no necesita altura, necesita tierra firme.

El Congreso, por su parte, asiste a la crisis como si no fuera parte del problema. Su desaprobación es casi total, pero sus bancadas operan con la tranquilidad de quien se sabe blindado por la aritmética parlamentaria. Mientras la calle grita por seguridad y justicia, el Parlamento discute alianzas y presidencias de comisión. La gente protesta por sobrevivir; los políticos, por conservar privilegios.

En Lima, la Plaza San Martín volvió a ser escenario del hartazgo: sindicatos, universitarios, artistas y ciudadanos comunes mezclados en un mismo clamor. No hay ideología uniforme, pero sí una certeza compartida: nada ha cambiado. El país se repite en un bucle de inestabilidad donde cada presidente promete “unidad” mientras prepara su salida. José Jerí es, hasta ahora, un presidente de transición sin tránsito, un jefe de Estado sin Estado.

La violencia no es un accidente: es el síntoma de un sistema que ya no administra ni la esperanza. Cada enfrentamiento revela que la distancia entre el poder y la ciudadanía ya no se mide en metros, sino en mundos. El Ejecutivo y el Congreso gobiernan de espaldas a un país que vive en emergencia diaria: criminalidad desbordada, corrupción enquistada, y una población que ya no cree en nada.

La Caja Negra condena toda forma de violencia, venga de donde venga. Pero el verdadero crimen político es la indiferencia. El gobierno de José Jerí debe dejar de actuar como un comité de crisis y asumir que sin justicia, sin seguridad y sin transparencia, su permanencia será insostenible. El Congreso, cómplice por omisión, debe abandonar su pacto de autoprotección y responder al país con reformas, no con votos de censura oportunistas.

Hoy el Perú no arde por ideología, sino por agotamiento. No es la izquierda ni la derecha: es el cansancio de un pueblo que ya no distingue entre promesa y estafa. Si Jerí y el Congreso no entienden que la autoridad se gana gobernando, no reprimiendo, el humo de estas marchas será apenas el preludio de un incendio mayor.

Lo más nuevo

Artículos relacionados