Cuando un país trata su red diplomática como sala VIP para amigos del poder, el mundo lo nota. La salida de Gustavo Adrianzén (ONU), Alfredo Ferrero (EE. UU.) y José Luis Sardón (OEA) no es cirugía mayor; es retirar vendajes que nunca curaron nada. Hugo de Zela mueve fichas y asoma una verdad incómoda: demasiados nombramientos fueron más devoción a la cercanía que culto al mérito. Bien el gesto. Ahora falta la médula: desmontar el aparato que convirtió embajadas en condecoraciones de sobremesa.
El libreto fue predecible. Un premier que dejó el cargo bajo cuestionamientos reapareció como “voz del Perú” en la ONU, bautizado con elogios de catálogo. Un exministro con nubarrones judiciales aterrizó en Washington bajo el rótulo de “experiencia”. Un exmagistrado llegó a la OEA envuelto en solemnidad. Todo impecablemente formal, todo políticamente útil, nada exigente con estándares. La Cancillería fue mesa de partes del día, no servicio de Estado.
Hoy se recogen sillas, sí. Pero si el mecanismo queda intacto, mañana habrá nuevos ocupantes con la misma etiqueta: “idoneidad” en PowerPoint, opacidad en resultados. Que Luis Iberico continúe en España subraya la pregunta que el gobierno evita: ¿cuáles son los criterios? ¿Carrera, idiomas, agenda, logros medibles… o lealtad de temporada? Sin reglas públicas, metas por sede y evaluación trimestral, el recambio es cosmética con escudo.
Más ácido todavía: esta diplomacia de vitrina tuvo costo interno. Mientras se repartían pasaportes de alta gama, el país repetía estados de emergencia calcados y confundía orden público con seguridad ciudadana. La proyección exterior no maquilla la descoordinación doméstica: si exportamos amiguismo, importamos desconfianza. Nadie invierte capital político en una contraparte que cambia al vaivén de la coyuntura y rinde cuentas con comunicados.
Basta de ascensores VIP. Representar al Perú no es premio de fin de ciclo, es responsabilidad con métricas. La reforma no se declama, se firma: concursos obligatorios para jefaturas de misión; comité con mayoría de carrera y veeduría independiente; puntajes verificables (idiomas, negociaciones, gestión de crisis); metas por sede (comercio, cooperación, votos en foros, inversión) publicadas cada trimestre; incompatibilidades estrictas para nombramientos políticos; auditoría ex post de logros y costos.
Reflexión final
Sin reglas, la “limpieza” es maquillaje; con reglas, es comienzo de reputación. La diplomacia no es botín ni refugio: es la tarjeta de presentación del país. O profesionalizamos la puerta de entrada o aceptamos seguir tocando el timbre internacional con credenciales de ocasión. Menos lista de invitados, más lista de logros. Esa es la única foto que vale.
