El Congreso logró lo impensable: convertir una sesión de pedicura en símbolo nacional. La Comisión de Ética anuncia que investigará a la congresista Lucinda Vásquez por un asesor que, en horario laboral, le cortaba las uñas de los pies. No es una anécdota; es la radiografía de una institución que ya confundió servicio público con servidumbre privada. Con menos de 7% de aprobación y un gasto que saltó de cientos de millones a decenas de miles de millones en cuatro años, el Parlamento decidió que el verdadero lujo no es el mármol, sino la impunidad cotidiana.
La defensa de la congresista es un poema de evasivas: no obliga a nadie, tampoco es voluntario, mejor no contesta y déjenla caminar. El problema no son las uñas, es el hábito: convertir asesores en asistentes personales, oficinas en cocinas, planillas en castillos de favores. Y cuando el escándalo estalla, la solución de siempre: remitir a Ética, prometer celeridad, citar reglamentos. El mismo guion que se activa con “mochasueldos”, contratos a parientes, viajes creativos y consultorías milagrosas. Se abre investigación, se posa para cámaras, se archiva cuando la agenda cambia. El país ya conoce el final.
Mientras tanto, la marca Congreso se hunde dentro y fuera del Perú. Nadie invierte confianza en una institución que normaliza el absurdo y luego sermonea sobre moral pública. La Comisión de Ética puede citar artículos y convocar sesiones, pero su prestigio se mide por resultados, no por actas. Si los hechos son ciertos, no hay laberinto procedimental que los convierta en aceptables. Hay jerarquías, funciones, horarios y dignidad del trabajo; todo fue pisoteado, literalmente.
Peor aún es el contexto: criminalidad en alza, hospitales en alerta, justicia saturada, economía al borde del freno. Y el hemiciclo, en lugar de liderar reformas, aporta espectáculos. Cada escándalo erosiona el poder de fiscalizar, negociar, legislar. ¿Con qué autoridad se exige austeridad al resto del Estado mientras se eleva el gasto congresal y se degrada la función de un asesor a pedicurista? El mensaje es tóxico: la ley es para otros.
Si esta vez Ética sirve, se verá en sanciones reales, no en comunicados. Suspensiones efectivas, devoluciones de dinero, prohibiciones para contratar a quien confunde la oficina con un spa. Y, sobre todo, reglas que impidan volver a este circo: perfiles profesionales exigentes, control externo de planillas, auditoría aleatoria de despachos, rendición de cuentas trimestral.
Reflexión final
El Parlamento no toca fondo; lo cava. Recuperar respeto exige dejar de excusarse y empezar a corregir. Un Congreso que no se respeta a sí mismo no puede pedir respeto al país. La ética no es un hashtag: es lo que se hace cuando nadie mira… y cuando una cámara revela lo que nunca debió ocurrir.
