New York Times: En Perú la democracia está muriendo

El diagnóstico llegó desde fuera porque dentro preferimos el espejismo. The New York Times advierte que en el Perú la democracia está muriendo sin dictador. No hay uniforme, ni balconazo perpetuo; hay una erosión silenciosa donde las formas democráticas sobreviven mientras los fondos se evaporan: trabajar sin pagar “cupo”, denunciar sin represalias, caminar sin miedo. Derechos que la Constitución promete y la realidad vuelve condicionales.
Desarrollo.

La tesis es incómoda porque no apunta a un villano único, sino a un ecosistema. El poder se movió del Ejecutivo a un Parlamento que acumula reglas, nombra árbitros y reescribe el tablero a conveniencia. Alrededor, una constelación de “poderes paralelos” —operadores, financistas, redes locales y economías ilegales— presiona, negocia y captura decisiones. El resultado es una democracia de escaparate: elecciones que cambian rostros sin alterar prioridades, reformas que prometen control y entregan controlables.

De allí la escena conocida: estados de emergencia que ordenan la calle pero no aplacan la extorsión; compras para contención que lucen en vitrina mientras la investigación criminal se queda sin músculo; leyes que recortan a los fiscales donde más deberían insistir. Se protege el perímetro del poder y se deja intacta la economía del delito. Entre tanto, el presidente de turno administra la agenda con actos de presencia y el Congreso opera con mayorías rotativas que encuentran rápido consenso para lo urgente… cuando lo urgente es protegerse.

La trivialidad pública completa el cuadro. Precandidaturas que confunden fama con solvencia; congresistas que tratan el hemiciclo como sala de estar; discursos que celebran lo medible cuando conviene y olvidan lo esencial cuando incomoda. La ciudadanía, cada vez más sola, convierte el teléfono en expediente: registra abusos, mapea riesgos, circula evidencia. Y sin embargo, la respuesta institucional insiste en la coreografía antes que en la estrategia.

Las democracias no siempre caen con estruendo; también se desfondan por goteo. Cuando el Legislativo manda sin contrapesos efectivos, el Ejecutivo posa sin gobernar y las economías ilegales dictan prioridades, lo que queda es fachada: urnas encendidas, libertades atenuadas.
Reflexión final.

La salida no es un “hombre fuerte”, sino reglas fuertes. Separación de poderes real, trazabilidad del dinero político, presupuestos abiertos y seguridad basada en inteligencia, no en cordones. Si la advertencia del Times nos duele, que duela para corregir: elegir proyecto, exigir cuentas, medir resultados. La democracia respira cuando el poder explica; se asfixia cuando nadie tiene que hacerlo.

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