Estos 3 países no celebran Halloween por curiosos motivos

Halloween es un juego mundial de máscaras… salvo donde el Estado decide ser el guardián del espejo. Uzbekistán lo veta por decreto, Francia (en Vendargues) prohíbe payasos para ahuyentar vándalos, y en partes de China se restringe maquillaje y disfraces “para cuidar la imagen pública”. Tres razones distintas con un mismo subtexto: cuando el poder teme a lo simbólico, lo regula como si fuera peligro real.

Uzbekistán eligió la tijera normativa en 2011: prohibición total de Halloween. La coartada es cultural y religiosa—evitar “influencias externas” y “exaltaciones” indeseables—, pero el resultado es político: uniformidad obligatoria. Se blinda la tradición encerrándola en vitrina, como si la identidad se quebrara por una calabaza de plástico. La pluralidad no erosiona creencias; la censura sí erosiona libertades.

En Francia, el problema no es la fiesta, sino el disfraz: en Vendargues se vetó al payaso tras incidentes violentos. La medida pretende prevenir caos, pero termina criminalizando un atuendo. Es el viejo truco: perseguir el icono en lugar del delito. Si la violencia usa máscara, se decomisa la máscara; si usa traje, se archiva la incomodidad. Se llama política del símbolo: fácil de vender, inútil para resolver.

China opta por la estética vigilada: controles a maquillaje y disfraces en zonas de Shanghái para evitar “manifestaciones no autorizadas” y preservar la “buena imagen”. La forma reemplaza al fondo: se gestiona el orden como un set de televisión. La ciudadanía debe ser presentable, no expresiva. La máscara asusta porque puede ocultar disenso; la cara limpia, porque refleja cansancio.

Tres enfoques, una lógica: restringir lo visible para disipar lo complejo. De paso, se educa a la población en una lección sutil: la alegría colectiva requiere permiso, y el permiso puede revocarse.

Que Halloween incomode revela menos sobre la fiesta que sobre los gobiernos. Allí donde la diferencia se regula, la cultura se empobrece y el espacio público se achica. Prohibir una máscara no impide el miedo: solo lo desplaza al interior.

Reflexión
La Caja Negra sostiene una regla simple: una sociedad segura confía en su gente más que en sus candados. Si tres países necesitan normar disfraces para dormir tranquilos, quizá el problema no son los fantasmas de octubre, sino los fantasmas del poder: esos que prefieren el silencio ordenado a la risa desordenada. Porque la libertad, a diferencia del maquillaje, no se quita al final de la noche.

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