“Es una vaga” y “bien malcriadita”. Con esas frases, Rafael López Aliaga decidió abrir la temporada de dardos envenenados rumbo a 2026 contra Keiko Fujimori. No es una anécdota pintoresca: es el síntoma de una campaña que prefiere la etiqueta al argumento y el apodo al plan. Si el arranque es este, la contienda amenaza con reducirse a un ring de frases hechas, mientras los problemas del país siguen esperando propuestas con costo, plazos e indicadores.
La escena es conocida: López Aliaga defiende su doble postulación (Presidencia y Senado) y disparó calificativos contra su adversaria por rehusar la lista parlamentaria. Fujimori, por su parte, contestó desde el gesto —“no busco premios consuelo ni inmunidad”— sin aterrizar el cómo. Ambos se miran en el espejo del ajeno y, de paso, alimentan la coreografía del agravio: rinde clicks, rinde titulares, no rinde soluciones. En una democracia fatigada por inseguridad, crecimiento anémico y servicios colapsados, lo mínimo sería discutir rutas, no rótulos.
La doble postulación puede ser legal; lo discutible es su señal política: ¿plan alterno o previsión de derrota? Rehusar el Senado puede ser estrategia; lo crucial es cómo piensa gobernar un Congreso fragmentado sin una base real. En vez de aclararlo, el debate se diluye en alusiones personales. Y así, el país pierde otra oportunidad de contrastar propuestas: seguridad con metas (tiempo de respuesta, patrullaje sectorial, casos resueltos), economía con reglas (simplificación regulatoria con plazos fatales y trazabilidad digital), reforma política (democracia interna, financiamiento transparente, reelección congresal con rendimiento), y un pacto fiscal que diga en qué recortar, en qué invertir y qué resultados entregar al mes 12 y 24.
Más allá del marketing del agravio, la ciudadanía espera un mínimo de seriedad: tableros de control públicos, presupuestos costeados, responsables con nombre y apellido, y un calendario verificable. La política no es una contienda de ingenio; es gestión de prioridades bajo presión.
Si la campaña se va por el atajo de los calificativos, 2026 será otro certamen de ruido. Lo urgente es exigir que cada precandidato reemplace el epíteto por un plan y la pulla por un compromiso medible. Sin cronograma y presupuesto, toda promesa es humo.
Reflexión final
Los insultos son baratos; la gobernanza, cara. Que este episodio sirva para un pacto básico: menos adjetivos, más indicadores. Quien no puede debatir con datos no está listo para gobernar con ellos.
