Elecciones 2026: votar sin memoria es repetir la catástrofe

La política peruana parece escrita por un guion que alterna el absurdo con la melancolía. La rutina se impone: escándalo, amnesia y repetición. Hemos normalizado la turbulencia y, peor aún, hemos dejado que la desilusión nos dicte el paso. Pero 2026 no es una fecha en el calendario: es un espejo. Y lo que refleje dependerá menos del “salvador de turno” que de una ciudadanía capaz de dejar de caminar en automático.

El país llega a estas elecciones con tres fracturas visibles. La primera: inseguridad y crimen organizado que avanzan como una marea que no respeta fronteras ni horarios. La segunda: un sistema político sin cimientos, hecho de siglas desechables, bancadas mutantes y lealtades de temporada. La tercera: instituciones erosionadas por la ilegalidad, donde la telaraña de la corrupción se expande al ritmo en que se reduce la confianza pública. En este escenario, “gestionar” ya no basta: se necesita carácter, ética y una voluntad que no tiemble ante los costos.

La discusión no puede seguir secuestrada por el marketing. Urgen propuestas verificables, plazos y métricas. Seguridad con prevención, inteligencia financiera y control territorial real; justicia que investigue sin pactos implícitos; crecimiento que no tolere economías criminales disfrazadas de oportunidad; y un Estado que cumpla la ley antes de exigirla. Decisión y coherencia moral: eso es más escaso que los recursos.

También toca interpelarnos. La indiferencia es la incubadora perfecta del desgobierno. Votar no es un rito fatigado; es un acto de responsabilidad con consecuencias concretas. Exigir partidos con ideario, filtros y rendición de cuentas es tan importante como rechazar los atajos del caudillismo. La política se ha movido por intereses inmediatos porque, demasiadas veces, así la hemos premiado.

Las elecciones de 2026 son una prueba de madurez colectiva. No conocer aún las candidaturas no debería impedirnos fijar el listón: propuestas sólidas, equipos solventes, integridad demostrada y capacidad para reconstruir el propósito común. Si algo debe extinguirse es la ilusión del milagro improvisado: el Perú necesita reformas sostenidas, no gestos para la foto.

Reflexión final
La violencia crece, la ilegalidad se sofistica y la esperanza se agota cuando la dejamos sola. Elegir es más que depositar un voto; es trazar límites y abrir posibilidades. Este año, que el miedo no decida por nosotros. Recuperemos la brújula: vida, justicia y esperanza por encima de la resignación. El piloto automático no salva países; la ciudadanía consciente, sí.

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