Booking.com acaba de publicar su lista de destinos imperdibles para el 2026. Manaus (Brasil) y Barranquilla (Colombia) representan a América Latina. Perú, antes joya turística mundial, ni siquiera aparece en el radar. No es un error, es un diagnóstico. Hemos convertido un país con maravillas naturales y culturales únicas en un territorio de advertencias: inseguridad, maltrato, informalidad, abandono estatal y un aeropuerto nuevo que parece un hangar sin alma.
El turismo no se perdió por azar, se ahuyentó por descuido. Machu Picchu se volvió símbolo del desorden, donde el visitante es tratado como una molestia más que como un huésped. Las denuncias por cobros irregulares, guías fantasmas y maltrato son pan de cada día. En Lima, los turistas deben mirar constantemente sobre el hombro por miedo a la delincuencia; en la selva, la falta de conectividad y servicios básicos convierte la aventura en un riesgo. Y mientras tanto, nuestras autoridades —las mismas que confunden marketing con gestión— reparten discursos vacíos sobre “reactivación”.
El Ministerio de Comercio Exterior y Turismo no planifica: improvisa. Los gobiernos regionales hacen turismo político, no turístico. El nuevo aeropuerto Jorge Chávez debía ser la gran puerta al mundo, pero parece un monumento a la mediocridad: un hangar mal diseñado, sin áreas verdes, sin orientación al pasajero y con el absurdo anuncio de un posible cobro por “interconexión”. Es la metáfora perfecta del Perú contemporáneo: cobrar sin servir, prometer sin cumplir.
Brasil y Colombia nos dan una lección silenciosa: invierten en seguridad, en cultura viva, en hospitalidad real. No tienen una maravilla del mundo, pero ofrecen algo que nosotros perdimos: respeto por el visitante. Perú, en cambio, se sostiene sobre la nostalgia y el mito. Vendemos una postal que ya no se parece al país que habitamos.
Perú ya no compite con sus vecinos, compite con su propia desidia. Cada turista que se va decepcionado es una campaña perdida, una embajada menos. El país que supo fascinar al mundo con su historia hoy lo espanta con su descuido.
Reflexión final
El turismo es la ventana más honesta de una nación: muestra lo que somos cuando recibimos al otro. Y el Perú, hoy, muestra desorden, indiferencia y falta de amor propio. No se trata de recuperar visitantes, sino de recuperar la vergüenza. Solo entonces volverán los turistas… y el respeto.
