Mientras el país discute paros, vacancias y peleas de poder, en el Instituto Nacional de Salud del Niño de Breña se enciende una alarma que casi nadie quiere escuchar: más niños y adolescentes con diabetes. Solo en lo que va de 2025, ya se han diagnosticado 53 nuevos casos, con un aumento preocupante de la diabetes tipo 2, la que hasta hace poco llamábamos “del adulto”. En silencio, estamos fabricando enfermos crónicos desde la infancia, mientras el Estado sigue improvisando en salud pública.
La escena se repite: niños con sed insaciable, hambre constante, bajan de peso sin explicación, se levantan de noche a orinar. Llegan tarde al hospital, muchas veces en cetoacidosis, una emergencia que pudo evitarse. Las endocrinólogas explican con claridad el cóctel letal: sobrepeso, sedentarismo, comida chatarra, pantallas infinitas, poca o nula educación alimentaria. Pero esa explicación no se traduce en políticas, solo en diagnósticos.
Es brutal que en pleno 2025 sigamos dependiendo casi exclusivamente de la buena voluntad de algunos equipos especializados como el Paindi en Breña, mientras el país carece de un plan serio y nacional de prevención de diabetes infantil. No hay estrategia integral en colegios, no hay regulación efectiva de quioscos escolares, no hay límites reales a la publicidad de ultraprocesados dirigida a menores. Eso sí: sí hay gaseosas en todas las esquinas y menús baratos cuyo principal ingrediente es el azúcar.
El Estado llega tarde y mal. Debería liderar campañas masivas, sostenidas, en lengua simple y en todos los territorios; debería asegurar acceso continuo a insulina, tiras reactivas, monitores y personal capacitado en todos los niveles de atención. En lugar de eso, muchas familias peregrinan entre farmacias, consultorios saturados y trámites interminables para conseguir lo básico. Hablamos de niños que, si no reciben tratamiento y seguimiento oportuno, desarrollarán complicaciones de adulto antes de los 30 años: daño renal, ceguera, problemas cardiovasculares. Es decir, más sufrimiento y más gasto para un sistema que ya no se da abasto.
El aumento de diabetes en niños no es una estadística aislada: es el resultado de un modelo que normaliza la comida basura, el sedentarismo y la ausencia de políticas públicas serias. La responsabilidad no es solo de las familias; es de un Estado que mira para otro lado mientras la curva de obesidad y diabetes sube en silencio.
Reflexión final
Cada nuevo caso pediátrico de diabetes tipo 2 es una derrota colectiva. Un país que permite que sus niños enfermen por falta de prevención y de políticas mínimas no solo falla en salud: falla en ética. La niñez no puede seguir pagando la cuenta de un Estado que prefiere gestionar emergencias antes que construir futuro.
