Cifra de dolor : 41 homicidios en estado de emergencia

Si un estado de emergencia se decreta y los muertos siguen cayendo día a día, lo que fracasa no es solo la medida: fracasa el gobierno que la firma. En Lima y Callao, bajo el estado de emergencia dictado por José Jerí, se registraron 41 homicidios en 21 días. La única constante es el cadáver diario. La diferencia es que ahora tenemos, además, el espectáculo de un presidente que vende “mano dura” sin estrategia detrás.

Los datos son contundentes: 33 de los 41 asesinatos se cometieron con arma de fuego. Es decir, el 80% de las muertes mantienen el sello del sicariato y la criminalidad organizada, intactos y operando. El propio comparativo elaborado por analistas muestra que, antes de la emergencia, el patrón era casi idéntico. ¿Qué cambió entonces? Nada en los barrios. Solo el guion en Palacio.

Jerí ha reducido la seguridad ciudadana a un libreto de recorridos por penales y comisarías, escoltado por cámaras y discursos sobre “recuperar la autoridad”. Es una versión local de un modelo importado: la estética de la firmeza sin la arquitectura del plan. No hay hoja de ruta nacional, no hay metas públicas, no hay coordinación visible entre Interior, Justicia, Fiscalía y gobiernos locales. Hay, eso sí, más patrulleros en pantalla y más ciudadanos contando muertos fuera de la pantalla.

Lo más grave es que el Gobierno sabía —o debía saber— que un decreto no sustituye a la inteligencia criminal. La extorsión sigue siendo el motor de la violencia, las bandas se consolidan y la “cifra negra” de delitos no denunciados supera el 80%. Aun así, Jerí eligió la vía más cómoda: anunciar una emergencia que no exige rediseñar el Estado, pero sí le permite simular acción. En lugar de liderar un plan integral, se conformó con administrar la ansiedad social.

El estado de emergencia de José Jerí es la radiografía de un liderazgo ausente: muchos anuncios, ningún quiebre en las cifras. No hay reducción de homicidios, no hay golpe visible a las redes de extorsión, no hay estrategia comunicada ni evaluable. Fracasó la medida, pero sobre todo fracasó la conducción política que optó por el efecto antes que por el fondo.

Reflexión final
Cuando un presidente proclama “emergencia” y los muertos siguen sumándose día tras día, lo que se desgasta no es solo la herramienta, sino la credibilidad del mando. El país no necesita un Jerí que imite poses, sino un gobierno que asuma costos, trace un plan y se deje medir por resultados. La violencia no espera; la improvisación, tampoco. Y esa combinación hoy se paga con vidas.

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