Elecciones: cuando la farándula y el deporte invaden la política

En el Perú rumbo a las elecciones de 2026, la política se parece cada vez menos a una institución republicana y más a una pasarela de celebridades. Boxeadores, exfutbolistas, influencers, comediantes y locutores descubren de pronto vocación “patriótica” y se lanzan al Congreso o a la Presidencia. El problema no es su origen en el espectáculo o el deporte, sino el tipo de política que terminan encarnando: ligera, improvisada y funcional a partidos sin cuadros ni proyecto de país.

La precandidatura de David “La Pantera” Zegarra resume el fenómeno: un nombre conocido, una historia de esfuerzo y una organización que lo presenta como carta fuerte. ¿Dónde están el plan legislativo, la comprensión del Estado, la trayectoria en asuntos públicos? La notoriedad se vende como mérito suficiente, mientras los partidos se contentan con llenar listas a golpe de seguidores en redes.

El caso de Waldir Sáenz es aún más inquietante: aparece inscrito como precandidato al Senado sin haber dado autorización. No es un “error administrativo”, es la radiografía de la precariedad y la opacidad de ciertas agrupaciones. Si un partido usa el nombre de alguien sin su consentimiento para rellenar una lista, ¿qué respeto tendrá por la voluntad popular una vez sentado en el poder?

En paralelo, Flor Polo es anunciada como candidata, y figuras como Carlos Álvarez, Phillip Butters o Carlos Espá se colocan en la fila presidencial. La advertencia es clara: la popularidad puede abrir puertas, pero no reemplaza la preparación ni la ética. El Estado no es un set de televisión ni una cabina de radio. Jugar con la política como si fuera un programa más de entretenimiento tiene consecuencias: leyes mediocres, instituciones capturadas y un país gobernado por ensayo y error.

Estos rostros llegan porque los partidos los usan como atajos y porque una ciudadanía cansada y desinformada acepta convertir la urna en escenario. La frivolización de la política es una alianza peligrosa entre organizaciones sin principios y electores que votan por familiaridad, no por convicción.

Reflexión final
Si seguimos votando por rating, el país terminará gobernado por el espectáculo y no por la razón. Antes de aplaudir al famoso, corresponde preguntar al candidato: ¿qué sabe, con quién se rodea, a qué intereses responde y qué propone para combatir la injusticia y la corrupción? La democracia no es un casting: es un contrato. Y esta vez, el error puede costarnos otro quinquenio perdido.

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