Hoy escribo con el alma en carne viva. Siento que, de un momento a otro, se apagaron una cabina de radio, un set de televisión y las luces de un teatro al mismo tiempo. El Perú amanece un poco más gris: se ha ido Guillermo Rossini y, con él, una parte luminosa de nuestra historia afectiva. Tenía 93 años, pero su risa desafiaba al tiempo: era clara, juguetona, fresca, como si la juventud se le hubiera quedado atrapada en la voz.
No hablo solo del ícono radial de Los Chistosos. Hablo del actor que llenó de humor nuestra televisión, del comediante que hizo reír desde el escenario, del artista que también se atrevió al cine. Guillermo no fue únicamente una voz: fue gesto, fue mirada, fue cuerpo doblado sobre el micrófono para encontrar el tono exacto de un personaje. Fue radio, fue TV, fue teatro, fue cine… y fue, sobre todo, compañía.
Tuve el privilegio de verlo de cerca ser su amigo. Cuando fui productor general de Global Televisión, compartimos tres años inolvidables en el programa de humor El Noticioso, junto a Hernán Vidaurre, Fernando Armas y Giovanna Castro, con la producción de Winston Aguilar y el “Chino” Ayerbe. Revivo esas jornadas como si las tuviera frente a mí: libretos subrayados, ensayo rápido, la luz roja encendiéndose… y, de pronto, él.
Lo recuerdo llegando al canal con una sencillez. Saludaba a todos, desde el vigilante hasta el último asistente de producción. Caminaba sin prisa, con esa calma del que sabe que no necesita demostrarle nada a nadie. Pero bastaba que arrancara la grabación para que el escenario se transformara: de ese hombre discreto emergía una galería completa de ministros, presidentes, locutores, personajes de la calle, todos convertidos en espejo y caricatura de un país que él conocía muy bien.
Su humor nunca fue un arma de destrucción; fue, más bien, una luz dirigida con precisión. Se burlaba del poder sin perder la elegancia, hacía reír sin humillar, tocaba la herida sin ensañarse. En radio, en televisión o sobre las tablas, su objetivo parecía el mismo: aliviar, por unos minutos, el peso de la realidad.
Hoy, mientras escribo, siento que también se va una parte de mi propia biografía. Vuelven las risas en el control, los técnicos aguantando la carcajada para no arruinar la toma, las miradas cómplices cuando sabíamos que ese sketch iba a quedar para el recuerdo. Duele saber que ya no habrá nuevas imitaciones ni nuevos personajes.
Pero su partida no borra su huella. Guillermo seguirá viviendo en la memoria de los oyentes, de los televidentes, del público de teatro, de quienes lo vimos trabajar con la humildad de los verdaderos grandes.
Vuela alto, maestro del humor. Que allá arriba te espere un escenario encendido y un público atento. Aquí abajo, el Perú te despide con los ojos llenos de lágrimas y el corazón agradecido. Y mientras el silencio se instala, tu risa —esa risa limpia y generosa— seguirá resonando en nosotros, como un eco que se niega a apagarse.
Edwin Gamboa Pancorbo, Fundador de la Caja Negra
