Mientras millones de peruanos cuentan monedas para el panetón en cuotas, un pequeño círculo de altos funcionarios del Estado se prepara para una Navidad de catálogo premium. No hablamos de meritocracia ni de productividad ejemplar, sino de incrementos salariales, gratificaciones infladas y tarjetas electrónicas de aguinaldo que harían sonreír a cualquier banquero. En un país con “plan de austeridad” y crisis permanente, la clase alta del Estado ha decidido que el único sacrificio permitido es el de los demás.
Los magistrados del Tribunal Constitucional pasarán de S/35 017 a más de S/42 700 al mes. El secretario general, el jefe de gabinete, el procurador y otros cargos también subirán su escala. La explicación oficial: reubicación laboral, equiparación y modernidad. La consecuencia práctica: gratificaciones navideñas más jugosas, en un contexto donde la mayoría de trabajadores públicos sigue ajustada con sueldos congelados y recortes.
En la Cancillería, un embajador verá su salario duplicarse de S/10 600 a S/20 000 desde el 15 de diciembre. Otros rangos diplomáticos también escalan: todos hacia arriba, ninguno hacia la realidad económica del país. En la Junta Nacional de Justicia, siete magistrados impulsan un proyecto para subir sus remuneraciones a S/42 000, con documentos internos que, curiosamente, justifican por qué ellos merecen ganar más… justo ahora.
El Congreso, por su parte, se lleva el trofeo simbólico de la “Navidad con privilegios”: cada parlamentario recibiría alrededor de S/46 900 entre sueldo, gratificación, bono de función, semana de representación y una tarjeta electrónica de S/1 900. Se compraron 4.500 tarjetas por un total de S/8,5 millones. La vieja canasta navideña fue reemplazada por plástico elegante y saldo asegurado.
Todo esto mientras el mismo Congreso elimina el enfoque de género, ordena sustituir la Educación Sexual Integral y se entretiene desmintiendo rumores sobre jornadas de 6 horas que nunca aprobó. Ruido legislativo arriba; precariedad, violencia e incertidumbre abajo.
No se trata solo de cifras, sino de prioridades. En un país golpeado por la inseguridad, la inflación y la falta de oportunidades, el mensaje es brutal: cuando se trata de Navidad, primero se atiende a quienes ya están en la cúspide del poder. El resto que siga “ajustándose el cinturón” en nombre de la estabilidad.
Reflexión final
La verdadera obscenidad no está en el monto de los bonos, sino en la normalización del privilegio. Si la ciudadanía acepta que esta Navidad dorada sea “parte del sistema”, entonces el próximo año no habrá milagro posible: solo más distancia entre el Estado que se premia y el país que sobrevive.
