Aspec: el ingreso de agua y comida a los conciertos en Perú

En el Perú de los grandes conciertos, el espectáculo no solo está en el escenario, sino en la billetera del público. Durante años, a los asistentes se les ha prohibido ingresar con agua y comida, obligándolos a comprar dentro del recinto productos de primera necesidad a precios inflados, sin alternativas reales. La Comisión de Defensa del Consumidor del Congreso acaba de aprobar un dictamen que permitiría ingresar con agua y alimentos personales. No es un capricho: es un intento tardío de frenar un modelo que ha normalizado el abuso como parte del show.

El proyecto plantea algo tan básico que parece increíble tener que discutirlo: permitir botellas de agua selladas en envases transparentes, exigir bebederos y puntos de hidratación gratuitos, y autorizar el ingreso de alimentos similares a los que se venden dentro. Es decir, que la gente no dependa de una exclusividad comercial para no deshidratarse en un evento de varias horas.

Aspec lo dice sin rodeos: el objetivo es evitar que los asistentes estén obligados a comprar productos a precios “excesivamente altos” y desarmar posiciones de dominio que permiten prácticas abusivas. Hoy, el público entra controlado hasta el último bolso, pero adentro se enfrenta a una suerte de peaje: si quieres beber agua, pagas lo que el operador decidió; si no, te aguantas.

Las cifras del concierto de Shakira son elocuentes: solo en el Estadio Nacional, la venta de bebidas llegó a más de S/437.000 y la de alimentos superó los S/90.000; sumando merchandising, el negocio interno alcanzó alrededor de S/549.000 en una sola noche. Esa no es “venta complementaria”, es una mina montada sobre la imposibilidad de ingresar con lo básico. La seguridad ha sido el argumento perfecto para blindar un monopolio interno que, casualidad o no, siempre termina contra el consumidor.

Permitir el ingreso de agua y comida personal no va a arruinar la industria del entretenimiento: solo va a obligarla a competir con algo más que rejas y revisiones. Si un organizador quiere vender, que lo haga con mejores precios y calidad, no con la sed como rehén.

Reflexión final
La discusión no es solo sobre conciertos: es sobre el tipo de país que aceptamos ser. Uno donde la gente debe escoger entre deshidratarse o pagar abusos en nombre del “negocio”, o uno donde el Estado asume, por fin, que defender derechos del consumidor es también defender dignidad. Si este dictamen se aprueba y se cumple, será una pequeña pero significativa señal de que, al menos en algo, los peruanos dejan de entrar a los estadios como público cautivo y empiezan a ser tratados como ciudadanos.

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