Récord mundial: cuatro expresidentes presos en Barbadillo

El Perú por fin tiene un récord mundial indiscutible, pero nadie se atreve a celebrarlo en conferencia de prensa: cuatro expresidentes presos en el mismo penal. Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Martín Vizcarra y Pedro Castillo comparten ahora una misma dirección carcelaria, después de haber compartido algo más grave: el poder absoluto de decidir por 33 millones de personas. Barbadillo ya no es una anécdota judicial, es la metáfora más precisa de cómo se gobierna —y cómo se traiciona— este país.

Barbadillo fue diseñado para ser un penal “especial” y lo logró: celdas individuales, baño propio, atención médica frecuente, jardines interiores, biohuerto. No es un hotel, pero tampoco es el infierno hacinado de la mayoría de cárceles peruanas. Es la zona VIP del fracaso moral de nuestra clase política: mismos barrotes, distinto estándar.

Toledo, condenado por el esquema Odebrecht; Humala, preso por procesos de corrupción y financiamiento ilegal; Vizcarra, sentenciado por coimas; Castillo, encarcelado por conspiración de rebelión tras su intento de golpe. La lista parece variada, pero el guion es idéntico: campaña salvadora, discurso anticorrupción, pacto con intereses oscuros, uso patrimonial del Estado, detonación política… y, finalmente, Barbadillo. La excepción ya no existe: esto es el modelo.

Lo más grave es que el país empieza a ver este desfile como algo “normal”. Se habla de expresidentes presos casi con la misma rutina con la que se comenta el clima. La cárcel aparece como el cierre inevitable del mandato, no como la señal de un sistema enfermo desde la raíz. Se castiga a la figura que da la cara, pero casi nunca a los empresarios que financiaron, a los congresistas que blindaron, a los operadores que negociaron, a los partidos que maquillaron la estafa electoral. Barbadillo funciona como depósito de culpas personales, mientras la maquinaria que produce presidentes fallidos sigue intacta y en funcionamiento.

Cuatro expresidentes presos no prueban que “aquí la justicia sí llega”, prueban que la corrupción se instaló en la cúspide del poder como regla de juego. La prisión es el último acto de una obra ya escrita desde el inicio: cuando la política se organiza alrededor del botín, el desenlace no puede ser otro.

Reflexión final
La pregunta ya no es quién será el próximo en caer, sino por qué seguimos aceptando una democracia que fabrica futuros internos de Barbadillo con la misma facilidad con la que imprime eslóganes de campaña. Mientras no cambiemos esa fábrica, el récord mundial seguirá creciendo… y la vergüenza también.

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