El Gobierno celebró como “logro” lo que, en la práctica, es un recorte histórico a uno de los pocos programas que realmente cambiaban vidas: Beca 18. Mientras se llenaban titulares con la idea de que las becas 2026 estaban “garantizadas”, la exdirectora del Pronabec, Alexandra Ames, puso el dato incómodo sobre la mesa: solo se han aprobado S/50 millones de los S/793 millones necesarios. Traducido a castellano simple: de 20.000 becas prometidas, no alcanza ni para 2.000. El resto es discurso.
En 13 años de Pronabec nunca se había visto una reducción de este tamaño. Siempre hubo, como mínimo, alrededor de 5.000 becas. Justo el año en que el programa bate récord histórico de interés —más de 103.000 inscritos y casi 97.500 aptos— el Estado decide achicar brutalmente la puerta de entrada. Convocaste a la juventud más pobre y talentosa del país, les dijiste “hay 20.000 becas”, y luego les cierras el paso al 90%. Eso no es solo mala gestión: es una forma de crueldad burocrática.
El Gobierno de José Jerí intenta refugiarse en tecnicismos: que el Minedu podrá “mover partidas”, que más adelante habrá un crédito suplementario, que ya se verá. Pero hasta la propia exdirectora lo admite: con el presupuesto actual, es inviable llegar a lo prometido sin sacrificar otros programas. No es un error contable, es una decisión política: se priorizó otra cosa antes que la educación superior de los jóvenes pobres.
Y el Congreso no sale mejor parado. Votó un presupuesto que no cubre ni el 10% de lo anunciado y, aun así, algunos de sus integrantes se presentan como defensores de la meritocracia. ¿Qué meritocracia puede haber cuando 103.000 postulantes compiten por 2.000 becas, tras una campaña estatal que les hizo creer que habría 20.000? El mensaje real es devastador: estudias, te esfuerzas, postulas… y el recorte te borra del mapa.
Beca 18 no es un lujo “caro”: es una de las pocas políticas públicas con retorno social probado, que convierte beneficiarios en contribuyentes y rompe círculos de pobreza. Recortarla justo cuando más jóvenes se atreven a postular es un símbolo brutal de prioridades invertidas: se castiga el esfuerzo de quienes menos tienen, mientras el Estado sigue derrochando en otros frentes opacos e intocables.
Reflexión final
Un país que recorta becas mientras sobredimensiona retóricas patrioteras no está construyendo futuro, está administrando resignación. La pregunta ya no es solo cuántas becas habrá en 2026, sino qué les estamos diciendo a esos miles de jóvenes: que su talento importa menos que la comodidad política del momento. Y eso, tarde o temprano, también pasa factura en las urnas y en la cohesión de una sociedad que se cansó de promesas rotas.
