En la Ciudad Heroica de Tacna, donde se iza la bandera y se habla de patria, un periodista terminó siendo empujado y arrastrado por la escolta presidencial. Javier Rumiche, reportero de RPP, no estaba invadiendo un cordón de seguridad ni intentando vulnerar al presidente José Jerí: estaba haciendo preguntas. Es decir, estaba cumpliendo con el deber que sostiene a toda democracia que quiera llamarse tal. La escena, registrada en video, no es solo una agresión individual; es un síntoma político.
Según relató el propio Rumiche, el presidente Jerí los había invitado a acercarse para declarar. Sin embargo, el personal de Seguridad del Estado reaccionó como si la prensa fuese un enemigo interno: lo cercaron, lo empujaron, lo arrastraron y terminaron lesionándole el tobillo, mientras también maltrataban a su camarógrafo y a otra colega que transmitía en vivo. No hubo disculpas, solo miradas de desprecio.
Esa brecha entre el discurso y el acto es reveladora. Un presidente que invita a la prensa con una mano y permite que la reduzcan a empujones con la otra, reproduce la lógica autoritaria que ya conocemos: tolerar la prensa solo mientras no incomoda. Lo vimos con Dina Boluarte esquivando micrófonos durante meses; hoy se repite la misma inercia, pero con fuerza física.
Lo ocurrido en Tacna no puede maquillarse como “exceso de celo” ni como “confusión operativa”. Cuando se agrede a un periodista en plena actividad oficial, el mensaje que se envía es claro: las preguntas son toleradas solo hasta donde el poder lo permita. Más allá de ese límite, manda la fuerza. Y cuando la fuerza manda sobre la palabra, la democracia retrocede.
Un gobierno que permite que su escolta trate a la prensa como un estorbo no está defendiendo el orden, está debilitando el control ciudadano. La seguridad del presidente jamás puede usarse como coartada para humillar a quienes informan. Si hoy es un reportero en Tacna, mañana puede ser cualquier voz crítica en cualquier plaza del país.
Reflexión final
La pregunta es directa: ¿queremos un país donde acercarse con un micrófono sea un riesgo físico? Cada agresión a un periodista es una advertencia al resto de la sociedad. Defender a Javier Rumiche y a sus colegas no es defender a un medio, es defender el derecho de todos a saber qué hace, cómo actúa y a quién teme el poder cuando ve una cámara encendida.
