Foto: RCR
En el Perú, cada presidente llega al poder con una fórmula mágica bajo el brazo. Pedro Castillo prometió “refundar la República”, Dina Boluarte aseguró que devolvería la paz en cuestión de decretos y ahora José Jerí repite el libreto: vencerá al crimen organizado, reactivará la economía, ordenará la política y, de paso, dejará un “legado histórico”. El problema no es la falta de ambición, sino la distancia obscena entre lo que ofrecen y lo que realmente están dispuestos –y preparados– a hacer.
Las “soluciones imposibles” tienen un patrón común: suenan bien en conferencia de prensa, pero se desmoronan en el primer contacto con la realidad. Con Castillo fueron los cambios constitucionales sin mayoría, los anuncios de reforma educativa sin plan y los nombramientos improvisados que convirtieron al Estado en botín. Con Boluarte, los estados de emergencia como respuesta automática a la protesta y la inseguridad, mientras se acumulaban muertos y no aparecía ninguna reforma estructural.
Jerí, lejos de romper esa lógica, la perfecciona. Habla de derrotar al crimen organizado, pero su principal herramienta sigue siendo el estado de emergencia reciclado y las visitas a penales para la foto. Promete reactivar la economía, mientras la informalidad y el subempleo siguen siendo el refugio de millones. Ofrece “un país distinto al 2026”, pero gobierna con la mirada fija en la coyuntura y el cálculo parlamentario, no en los cambios de fondo que implican enfrentarse a mafias, lobbies y privilegios enquistados.
La trampa de estas promesas irrealizables no es solo su incumplimiento: es el daño que dejan. Cada oferta inflada que fracasa alimenta la desconfianza ciudadana, refuerza la idea de que “todos son iguales” y abre espacio para opciones aún más autoritarias y violentas. Mientras tanto, los problemas reales –desigualdad, racismo, violencia de género, servicios públicos colapsados, corrupción policial y judicial– siguen ahí, intactos, esperando algo más que un eslogan.
Cuando un presidente promete lo que sabe que no puede o no quiere cumplir, no está solo exagerando: está degradando la palabra pública, vaciando de contenido la política y normalizando el engaño como herramienta de gobierno. La línea que une a Castillo, Boluarte y Jerí no es ideológica, es moral: gobernar como si bastara anunciar, sin hacerse cargo de las consecuencias.
Reflexión final
El país no necesita otro líder que ofrezca soluciones imposibles, sino alguien que se atreva a plantear soluciones incómodas: las que implican enfrentar intereses, tocar privilegios y decirle a la ciudadanía la verdad, aunque no dé votos inmediatos. Hasta que no aparezca esa clase de liderazgo, seguiremos cambiando de presidente, pero repitiendo el mismo guion: promesas grandilocuentes, resultados mediocres y una democracia cada vez más vacía de sentido.
