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En el Perú, la anemia infantil no es una estadística: es una sentencia temprana. Más del 43% de niños menores de tres años la padece —y la tendencia reciente no mejora—, mientras regiones como Puno y Loreto exhiben cifras que rozan lo inaceptable. En un país que presume crecimiento cuando le conviene, la sangre de sus niños delata lo contrario: pobreza estructural y abandono estatal con sello oficial. Y hoy, con José Jerí en Palacio, la inercia no solo continúa: se normaliza.
El discurso de turno insiste en el parche: “entregar suplementos”, “hacer campañas”, “reforzar tamizajes”. Pero el problema es más profundo y más vergonzoso: la anemia es el retrato de un Estado que llega tarde o no llega. No se combate solo con hierro si la casa no tiene agua segura, si la dieta es harina barata, si el primer nivel de atención es un trámite y no una red, y si la pobreza decide qué se come y qué se posterga.
Los datos, además, gritan un retroceso: la prevalencia se mantiene alta y, en mediciones recientes, sube. Peor aún: el país juega con el termómetro. Las nuevas directrices internacionales ajustan puntos de corte para definir anemia; sin implementación responsable, el riesgo es perverso: menos niños “anémicos” en el papel y más niños desprotegidos en la vida real.
¿Y el Gobierno? Jerí administra el país como quien hereda un incendio y decide discutir la etiqueta del humo. No hay una política de Estado sostenida, ni metas blindadas, ni continuidad territorial. Se gobierna con la misma receta de Castillo y Boluarte: anuncios sueltos, prioridades cambiantes y una burocracia que se esconde cuando se le pide resultados. La anemia no “persiste”: se tolera.
La anemia infantil es una emergencia silenciosa porque conviene que no haga ruido. No genera portadas diarias como la criminalidad, no paraliza ciudades como un paro, no estalla como un escándalo. Pero hipoteca el desarrollo físico y cognitivo de una generación y convierte la desigualdad en destino.
Reflexión final
El Perú no necesita más campañas estacionales: necesita un plan integral real (agua y saneamiento, alimentación, brigadas territoriales, tamizaje efectivo, seguimiento comunitario y presupuesto con continuidad). Lo demás es maquillaje estadístico. Y si un Estado no puede garantizar hierro para sus niños, ¿qué autoridad moral tiene para hablar de futuro?.
