El megatúnel que cruzará la Cordillera de los Andes

Foto: semana.com

El anuncio del Túnel de Agua Negra —un megatúnel de 14 kilómetros a más de 4.000 metros de altura para conectar Argentina y Chile— suena a epopeya moderna: perforar la cordillera para derrotar la nieve, acortar distancias y abrir una ruta logística alternativa. En una región donde la geografía suele imponerse a la planificación, el proyecto representa una oportunidad concreta de integración. Pero también expone una pregunta incómoda, muy latinoamericana: ¿será una obra transformadora o una promesa que se repite hasta volverse paisaje?

Hoy, el paso de Agua Negra solo puede transitarse en verano. Entre diciembre y abril, la ruta se abre; fuera de ese periodo, la nieve la cierra y con ella se congelan comercio, turismo, cadenas de suministro y movilidad humana. En la práctica, la cordillera funciona como frontera física y económica. Un túnel permanente cambiaría esa ecuación: permitiría un corredor más estable para mercancías, reduciría vulnerabilidades logísticas y daría a la región de Coquimbo y a la provincia de San Juan una posibilidad real de dinamización productiva.

Sin embargo, el entusiasmo choca con el historial de megaproyectos en Sudamérica: anuncios grandilocuentes, avances parciales, estudios que se acumulan y obras que se retrasan por presupuestos, cambios de gobierno o falta de coordinación binacional. Que en Chile existan trabajos en accesos y tramos pavimentados mientras en Argentina aún no inician las obras centrales no es un dato menor: es el síntoma clásico de la integración incompleta, donde la voluntad política se declara, pero no siempre se sostiene con ejecución.

Además, un túnel a esa altura exige hablar de seguridad y ética pública. No basta con perforar: hay que garantizar estándares técnicos, gestión de riesgos, mantenimiento permanente, protocolos ante emergencias, y una evaluación ambiental seria. La cordillera no es un lienzo vacío: es ecosistema, agua, comunidades, rutas ancestrales y equilibrio climático. Hacer infraestructura sin transparencia puede convertir una obra de integración en un conflicto social anunciado.

El Túnel de Agua Negra puede ser una bisagra estratégica para Argentina y Chile, y un símbolo de cooperación regional. Pero su verdadero valor no se mide en kilómetros excavados, sino en la capacidad de ambos Estados para sostener políticas de largo plazo, blindadas contra la improvisación, la corrupción y el cortoplacismo electoral.

Reflexión final
En Sudamérica, muchas veces la cordillera no es el mayor obstáculo: lo es la falta de continuidad, planificación y rendición de cuentas. Si el Túnel de Agua Negra se concreta con transparencia y visión, será una puerta abierta al desarrollo compartido. Si no, quedará como otra historia de integración contada en futuro: un túnel que existe más en discursos que en la roca.

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