Foto: Visión
Acción Popular, el partido de la lampa, acaba de protagonizar una postal que no solo avergüenza: alarma. El Jurado Nacional de Elecciones anuló sus comicios internos por “vicios sustanciales” y la dejó fuera de las Elecciones Generales 2026. No es un tecnicismo, es una señal institucional: cuando un partido no puede ni contar delegados sin trampas o desorden, ¿con qué cara promete gobernabilidad?.
La Resolución N.° 0745-2025-JNE concluye que en las mesas observadas se incluyó a ciudadanos que no habían sido elegidos como delegados, afectando la legitimidad del proceso y vulnerando estándares mínimos de democracia interna y debido proceso. El propio JNE remarca que la irregularidad estuvo presente en el 100% de las mesas evaluadas y que, por calendario electoral, ya no es posible convocar nuevas primarias sin romper plazos “perentorios y preclusivos”. Traducción: se acabó la campaña para Acción Popular antes de empezar.
Y como siempre, ante el naufragio, aparece el deporte favorito de nuestra política: la culpa es del otro. Unos apuntan a la dirigencia interna, otros a la ONPE, otros al JNE. La ONPE, por su parte, ha rechazado las observaciones y sostiene que procesó la información que el propio partido registró. En paralelo, las facciones se amenazan con denuncias penales y “persecuciones” a autoridades electorales. O sea: el país viendo cómo un partido histórico se desarma en vivo, mientras nos piden confianza para el 2026.
Esto es más que un bochorno partidario. Es la prueba de una fragilidad sistémica: organizaciones que funcionan como castillos de naipes, comités electorales que “cambian” delegados como quien cambia una lista de invitados, y ambiciones que aplastan cualquier estándar ético. Cuando la democracia interna se vuelve utilería, la política se convierte en un mercado: el que manipula mejor, gana; el que pierde, grita fraude; y el ciudadano paga la cuenta.
Acción Popular se cae, sí. Pero lo que queda expuesto es un modelo de partidos que no resiste auditoría, ni disciplina, ni transparencia. Si el primer excluido sale por irregularidades internas, ¿qué nos espera cuando la campaña suba la temperatura y el poder esté más cerca?
Reflexión final
La vergüenza no es que el JNE actúe: la vergüenza es que tenga que hacerlo. Porque un país serio no debería normalizar primarias “viciadas”, delegados fantasmas y dirigencias que se despedazan por cuotas. Si matar la democracia interna ya era costumbre, hoy vemos su consecuencia: partidos que no compiten, ciudadanos que no creen y elecciones que arrancan con la institucionalidad herida. El 2026 exige reglas firmes, sí, pero sobre todo exige partidos que existan de verdad—no solo en el papel, sino en la ética.
