Foto: Perú 21
En el Perú, la vicepresidencia ya no es un “acompañamiento”: es una fila de embarque. Y no hacia la cooperación, sino hacia la sucesión. Con la vacancia convertida en costumbre política —casi en ritual— elegir una plancha es, en la práctica, elegir dos posibles presidentes. Por eso el dato no debería pasar desapercibido: hay decenas de aspirantes a la primera y segunda vicepresidencia, todos con una posibilidad real de terminar gobernando… sin haber sido realmente evaluados por el país.
La fotografía es incómoda: mientras los presidenciables se venden como “solución”, los vicepresidenciables se ofrecen como repuesto. Y el Perú, tristemente, consume repuestos. El problema no es que existan vicepresidentes; el problema es que el sistema político los ha convertido en inversión estratégica: algunos no compiten para acompañar, sino para esperar el tropiezo, el escándalo, la caída, la renuncia, la vacancia.
El menú, además, no inspira tranquilidad. Hay fórmulas que coquetean con agendas que normalizan la informalidad dura y la economía ilegal; otras hacen del indulto una bandera, como si el Estado fuera una oficina de trámites para borrar responsabilidades. También aparecen perfiles radicales que juegan con mensajes inflamables, y hasta candidatos con lastres judiciales, como si el cargo fuera un escondite institucional y no una responsabilidad de Estado.
Y lo más cínico: varios postulan a la vicepresidencia y al Congreso al mismo tiempo. Traducido al castellano real: “Si no llego por la puerta grande, entro por la ventana; si no, me siento en el Parlamento”. No es vocación pública, es estrategia de supervivencia. Plan A: poder. Plan B: curul. Plan C: negociación.
Mientras tanto, el ciudadano promedio vota mirando solo al “capitán” del equipo, sin revisar la banca. Pero en el Perú la banca juega más que el titular. Aquí no gobierna necesariamente el más votado, sino el que queda de pie cuando el sistema se descompone.
La vicepresidencia se ha degradado porque la política se ha degradado. Cuando el país normaliza que el presidente puede caer en cualquier momento, el cargo de vicepresidente deja de ser garantía y se convierte en tentación: la tentación de llegar sin pasar por el filtro real del voto.
Reflexión final
Si queremos tomarnos en serio las Elecciones 2026, hay que mirar a los vicepresidenciables con lupa y sin romanticismo. Porque en el Perú, muchas veces, el futuro presidente no está haciendo campaña: está esperando la vacancia. Y esa es la forma más peligrosa de “ganar” una democracia: no convenciendo al país, sino sobreviviendo a su caos.
