Foto: Infobae
Acción Popular no cayó: se empujó. No la sacó un rival, no la tumbó una ola ciudadana, no la derrotó una idea mejor. Se eliminó sola, como esos equipos que protestan al árbitro mientras se meten el gol en propia puerta. Y lo peor es que no estamos hablando de un club pequeño, sino de un partido con historia, gobierno y presencia nacional. Que termine fuera del 2026 por su propio desorden no es una anécdota: es una radiografía del deterioro político peruano.
El “meollo” es tan simple como vergonzoso: delegados elegidos que se “pierden”, delegados no elegidos que aparecen, listas que no coinciden, votos que terminan con sello ajeno. Un chanchullo de manual, de los que se hacen cuando la democracia interna estorba y la ambición manda. Aquí no hubo debate doctrinario ni discusión de propuestas: hubo ansiedad por el poder y esa vieja tentación peruana de “arreglar” lo que no se puede ganar limpiamente.
Y el espectáculo posterior fue igual de elocuente: los que se declaraban ganadores reaccionaron como si el país les debiera algo, los que se asumían perdedores actuaron como si la derrota fuera un crimen. Unos y otros, en su guerra interna, terminaron rompiendo el juguete. La política peruana no necesita enemigos: se basta con sus propios egos.
Lo más duro es el contraste histórico. Acción Popular nació en 1956 con Fernando Belaúnde Terry, gobernó tres veces y, pese a sus mochilas, ha sido de las pocas organizaciones con arraigo real en varias regiones. Por eso su caída pesa: no se desploma solo un logo; se derrumba una parte del ya escaso repertorio partidario que el país todavía reconoce. Cuando hasta los “históricos” no pueden organizar una interna sin sospechas, ¿qué queda para los vientres de alquiler que aparecen y desaparecen cada elección?.
En el fondo, este episodio desnuda algo más grave: la idea de partido como proyecto colectivo ha sido reemplazada por el partido como vehículo personal, como taxi político. Si no me lleva, lo saboteo; si no gano, denuncio; si me cuestionan, amenazo. Y así, el país termina viendo a la democracia interna como una puesta en escena que solo sirve para legitimar trampas.
Acción Popular queda fuera del 2026 no por falta de votos, sino por falta de seriedad. Su fracaso no es electoral: es institucional y ético.
Reflexión final
Una democracia no se muere solo con golpes; también se muere con farsas. Y cuando un partido histórico se autodestruye por ambición y malas artes, el mensaje es devastador: el poder importa más que las reglas. Si ese es el estándar, el 2026 no será una competencia de ideas, sino una pelea por sobrevivir. Y en esa pelea, la que siempre pierde es la ciudadanía.
