Beca 18 en riesgo: estudiantes anuncian movilización nacional

Foto: Líbero

Cuando un país decide recortar su apuesta por la educación, no está ahorrando: está condenándose. La crisis de Beca 18 (edición 2026) no es un “malentendido presupuestal”, sino una señal política: miles de jóvenes pueden esperar, mientras el poder sigue funcionando como si la urgencia nacional fuera un ruido de fondo. En el Perú, la movilidad social no se cae por falta de talento, sino por falta de voluntad en quienes tienen la obligación de garantizarla.

El dato es brutal: la partida para Beca 18 no fue incorporada como corresponde y más de 90 mil aspirantes quedan en incertidumbre. Frente a eso, lo que se esperaba era una respuesta inmediata del Parlamento: corrección, claridad, cronograma y transparencia. Pero el Congreso —con José Jerí como rostro visible de una mayoría que se mueve solo cuando le conviene— ha preferido el repertorio de siempre: dilación, silencio y cálculo. La educación se administra como trámite; el futuro, como expediente.

No se trata solo de becas. Se trata del mensaje que envía el Estado cuando convierte un derecho en un “quizá”. Porque Beca 18 no es un regalo: es una política pública que compensa desigualdades estructurales. Sin ella, la meritocracia vuelve a ser lo mismo de siempre: un privilegio con traje de discurso. Y el Congreso lo sabe. Por eso indigna más que no actúe.

Mientras Jerí y sus colegas se demoran, los estudiantes han tomado la única vía que suele activar a la política peruana: la presión social. Por eso, se ha convocado una movilización nacional el 19 de diciembre, en plazas principales de cada ciudad y, en Lima, frente al Ministerio de Educación. No es capricho; es alarma. Los jóvenes no protestan por moda, sino porque el Estado los dejó con una convocatoria andando, preselecciones en curso, promesas en el aire y recursos ausentes.

Lo peor es la normalización de la irresponsabilidad. Un presupuesto nacional revela prioridades. Y aquí la prioridad no ha sido el talento ni la inclusión, sino el corto plazo político: llegar al 2026 sin asumir costos, pateando el problema hacia adelante, como si el país fuera una sala de espera interminable.

Si Jerí y el Congreso no corrigen de inmediato este vacío, no estarán “gestionando” el presupuesto: estarán desmantelando una de las pocas escaleras reales contra la desigualdad.

Reflexión final
El Perú no se rompe solo por corrupción o violencia; también se rompe cuando su clase política le dice a un joven pobre y capaz: “no hay para ti”. Y ese desprecio, tarde o temprano, se convierte en factura social.

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