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En diciembre, el Perú compra con una mano y se encomienda con la otra. Un clic, una oferta “irrepetible”, un enlace que parece legítimo… y listo: la Navidad se convierte en la temporada alta del fraude. Mientras miles aprovechan descuentos y envíos rápidos, los ciberdelincuentes hacen su propia campaña navideña: robar datos, vaciar cuentas y suplantar identidades. Lo alarmante no es solo que existan estafas; lo alarmante es lo fácil que resulta caer y lo poco que se hace, desde lo público y lo privado, para prevenirlas.
La estafa digital funciona como un truco viejo con envoltura nueva: urgencia, emoción y descuido. “Últimas unidades”, “solo por hoy”, “paga en un minuto”. Ese apuro es el aliado perfecto para el engaño. Y en esa prisa colectiva, muchos olvidan lo elemental: verificar la plataforma, desconfiar de enlaces raros, revisar el candado del https, comprar en portales oficiales, exigir condiciones de pago transparentes. No es paranoia: es higiene digital básica.
Los fraudes más comunes se apoyan en tres armas: suplantación de identidad, enlaces falsos y páginas clonadas. Mensajes que simulan ser del banco, llamadas que “validan tu cuenta”, correos que piden “confirmar datos”. El objetivo es el mismo: que entregues tus credenciales con tus propias manos. Y aquí no hay romanticismo tecnológico: ninguna entidad financiera te pedirá contraseñas o usuarios por mensaje, llamada o enlace. Si alguien lo hace, no es servicio: es caza.
Pero el problema no se resuelve solo con “recomendaciones”. Porque el ciudadano promedio está expuesto a un ecosistema digital donde la publicidad engañosa circula con libertad, donde los enlaces fraudulentos se comparten sin freno y donde la educación digital sigue siendo un lujo. ¿Cuántas campañas masivas y sostenidas vemos desde el Estado para enseñar, prevenir y alertar? Pocas. ¿Cuántas acciones efectivas contra redes de ciberdelito se comunican con transparencia y resultados? Menos aún. Y cuando el Estado se queda en el “tenga cuidado”, el fraude se profesionaliza.
Comprar en línea no es el problema. El problema es comprar en línea en un país donde la prevención llega tarde, la fiscalización es débil y la educación digital no es prioridad. Mientras el mercado empuja al consumo, el ciudadano queda solo ante el engaño, y el ciberdelincuente opera con la ventaja del anonimato y la impunidad.
Reflexión final
Esta Navidad, la consigna no debería ser “compra rápido”, sino “verifica mejor”. El clic no puede ser más veloz que el criterio. Y el país no puede normalizar que la estafa sea parte del paisaje festivo. La seguridad digital no es un consejo de temporada: es una responsabilidad compartida que, hasta ahora, muchos prefieren postergar… como si el fraude también viniera con descuento.
